lunes, octubre 23, 2017

Isabel (4: Ralegh y el informe Hakluyt)

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En efecto, en aquellos tiempos la reina Isabel echó mano de dos comerciantes para que le hiciesen de intermediarios con Parma a la hora de ofrecer algún tipo de acuerdo en Holanda. Andreas de Loo y Agostino Grafiña hicieron su trabajo mejor que bien, pero no sirvió de nada. Si Parma se sintió impresionado por las ofertas de Isabel, en ningún caso aceptó siquiera estudiarlas con algo de cariño. La pretensión de Londres, que era algo así como poner el reloj a cero en el momento anterior a la rebelión de las Provincias Unidas, era algo imposible de conseguir, una de esas cosas que se ofrecen como quien ofrece un unicornio para las cuadras. Para colmo Isabel, muy presionada por su establishment económico, pretendía que el rey español aceptase indemnizar a los comerciantes ingleses afectados por el embargo. Misión imposible.


Semanas después, llegado el verano, en Londres comenzaron a filtrarse noticias de las negociaciones. Isabel actuó como los políticos corruptos: primero negó que hubiese un adarme de verdad en aquellas noticias y luego, cuando eso fue imposible de sostener, comenzó a decir que eran cosas que se habían hecho sin su consentimiento.

Para Leicester, aquellas noticias fueron las peores posibles. No sólo ponían en obvio peligro su misión holandesa, sino que venían a apuntar hacia algo muy parecido a una ruptura entre la reina y él. Pero entonces, todo cambió radicalmente, como por otra parte ocurría con cierta frecuencia en la vida de aquella mujer ciclotímica, insegura y bastante caprichosa. Isabel de Inglaterra le escribió al conde una de las cartas más románticas de toda su vida, una carta en la que abandonaba el mayestático Nos de los reyes para hablar en primera persona, y en la que apelaba a su seguro servidor con el diminutivo familiar Rob. En la carta, por otra parte, venía a decirle que se había obsesionado por algunas ideas erradas, pero que ahora veía con claridad su relación y todo eso.

Leicester llegó a la conclusión de que todavía quedaba esperanza para él. Arruinado como estaba, no podía aspirar a plantar batalla total a Parma, pero por lo menos sí tenía fuerzas que le permitían ambicionar la reconquista de algunas plazas tomadas por los españoles, plazas que le permitirían asegurar el tránsito por el Scheldt hasta el Rhin.

Leicester amenazó la villa de Zutphen, en poder de los españoles. Parma hubo de marchar hacia el norte para recuperarla, momento en el que el inglés caviló la posibilidad de emboscarlo en el amanecer. Tenía informes precisos de los movimientos de los españoles, así pues diseñó el ataque para la primera mañana del jueves, 22 de septiembre.

La cosa empezó muy bien y, de hecho, en aquella batalla se ganaría merecida fama el propio hijastro de Leicester, Robert Devereaux, hijo de Lettice en su primer matrimonio. Sin embargo, eso fue mientras la mañana estuvo presidida por una espesa niebla. Cuando ésta se levantó, los ingleses descubrieron que los españoles eran más de los que habían creído ver y, además, estaban mejor situados. De hecho, no pudieron impedirles que liberasen Zutphen. En la batalla subsiguiente el sobrino de Leicester, Philip Sidney, resultó herido por una bala de mosquetón en un muslo. La bala quedó alojada en un lugar demasiado profundo, por lo que Sidney desarrolló una gangrena que acabó con él en un mes.

Mientras las cosas en Holanda iban así de malamente, en Londres lord Walsingham había seguido su actividad de control a través de sus espías y había conseguido desenmascarar una nueva conspiración, en la que estaban implicados partidarios de María, reina de los escoceses, y el propio Bernardino de Mendoza, quien para entonces era embajador en París. Según Walsingham, todos los conspiradores estaban actuando con el conocimiento claro y la anuencia expresa de María. Sabedores de que Isabel, por sí sola, nunca daría el paso de acusar a su prima, decidieron que necesitaban al suave Leicester de su lado. Así, con el pretexto de que era necesaria su presencia en una inminente sesión del Parlamento, consiguieron hacerlo llamar.

Respondiendo a aquella llamada, Leicester regresó a Londres el 24 de noviembre de 1586, tras dejar al mando del momio holandés a Peregrine Bertie, lord Willoughby, un militar bastante capaz.

La verdad es que la llamada le vino a Leicester como el maná. Ya hemos dicho que se había arruinado financiando a las tropas, y ahora sus acreedores de Londres y Holanda se negaban a renovarle los créditos y querían cobrar. Visitando la Corte, Dudley esperaba conseguir un apoyo decidido de la reina que permitiese mantener a la soldadesca en Holanda sin problemas.

La realidad no fue exactamente así, para desgracia y sorpresa de un Leicester bastante presionado. Su llegada a Londres vino a consistir, básicamente, en un interrogatorio non stop en el que la reina y Burghley, Burghley y la reina, le preguntaban esto y aquello, aquello y esto, sobre cómo se había gastado el dinero que había recibido de la corona. En términos actuales, podríamos decir que le metieron una comisión de auditoría por el orto.

Dudley protestó, indicando que para él era totalmente imposible poder informar los gastos a tal nivel de detalle como reclamaba Isabel. Y, la verdad, tenía razón. Porque lo cierto es que la reina no había dado sino instrucciones muy generales sobre el uso de sus finanzas en la guerra. Pero ya se sabe que el rey es el rey. Quien manda, manda.

Los hechos que estaban en el fondo de la vida de la Corte en aquellas últimas semanas de 1586, esto es el descubrimiento del complot político contra Isabel, hicieron que toda aquella discusión no terminase con gran violencia. Aunque, eso sí, Leicester tuvo que acostumbrarse a la idea de que la reina no le pagaría las cantidades que él mismo había adelantado.

Bueno, ahora que dejamos a la Corte inglesa a punto de irse a Greenwich a pasar la Navidad de 1586, ha llegado probablemente el momento de hablar de otro de los grandes nombres de aquella época tan interesante: sir Walter Ralegh.

Ralegh no era noble; lejos de ello, era un commoner de Devonshire. Pero, eso sí, era, dicen, extremadamente bien parecido, muy echado para delante, extrovertido como pocos y, además, en 1584, más o menos cuando hemos empezado nuestro relato, tenía 30 añazos. Estaba en la flor de su vida.

Pendenciero, ambicioso, con ese buen toque con las mujeres que tienen los malotes que además saben serlo sin dejar de abrir la bolsa de cuando en cuando, Ralegh era famoso en todo Londres porque, en los últimos años de aquel siglo XVI, era uno de los pocos, por no decir el único, de los londinenses que tenía un criado africano negro; que para los criterios de aquella época era como hoy tener un Alien amaestrado en el jardín.

A Walter Ralegh todo se la sudaba y nada le parecía lo suficientemente inalcanzable. Lo cual quiere decir que, cuando se le pasó por la cabeza meterle mano a la reina de Inglaterra, en ningún momento se dejó llevar por la impresión de que el reto le viniese grande. Que sepamos ya en 1584 la reina le dedicaba no pocas confidencias en público. De temperamento indomable, Ralegh desarrolló una vida personal bastante escandalosa. Tuvo una hija ilegítima en Irlanda, a la que reconoció; y se hizo famosa una historia por la cual se había pulido a una camarera de la reina en los jardines de palacio contra un árbol.

Debió su ascenso en la Corte a algunos contactos de importancia. Era sobrino de Katherine Ashley, la mujer que había sido elegida por la reina en 1559 como su primera dama en la Cámara Privada. Ambas mujeres, Isabel y Kat, se conocían de toda la vida, pues la segunda de ellas, hija del noble de Devon sir Phillip Champernowne de Modbury, había entrado a servicio de la primera cuando ésta tenía cinco años. Cuando alcanzó la edad adulta, Kat Champernowne se casó con John Ashley, que era primo segundo de la reina. Murió cuando su sobrino Walter todavía tenía 12 años de edad, pero aun así tuvo tiempo de hablarle a la reina de él.

Por si esto fuera poco, Ralegh era medio hermano de sir Humphrey Gilbert. Hombre de armas por encima de todo, Gilbert representa a ese hombre que toda Corte renacentista tenía (y necesitaba) que recelaba de los juegos de manos de los diplomáticos y presionaba constantemente para que los hombres de armas fuesen escuchados. En 1580, fue Gilbert quien se aseguró de que Ralegh fuese nombrado al frente de una misión militar encomendada de sofocar una revuelta en Irlanda, donde se desempeñó con inusitada crueldad. Suya es, por ejemplo, la responsabilidad de la masacre de Smerwick, un castillo de Kerry que había sido ocupado por aventureros españoles y papistas, el cual sitió y rindió, para después masacrar a sus ocupantes.

Y ni siquiera era el único moscón de aquella Corte. Antes de Ralegh, Leicester había tenido que espantar a sir Christopher Hatton. En 1572, la reina había hecho a Hatton caballero de su Cámara Privada y había comenzado a alicatarlo de regalos. Hatton había respondido afirmando una lealtad a la reina más allá de la muerte y realizándole declaraciones de amor nada metafóricas.

Presentaba Hatton una ventaja sobre Leicester: él nunca se había casado. La reina, en un gesto que en ella denotaba un cariño especial, le puso un mote: Lyddes (de eyelids). Solía decir que él era su oveja y ella su carnero.

Sin embargo, cuando Hatton fue elevado al centro de la Corte, perdió interés por los juegos amorosos y se dedicó más a crecer como hombre de Estado. Comenzó a trabajar con Leicester en cuestiones de alta política, como el compromiso de la reina con Anjou, y cultivó su amistad. Como resultado, cuando Dudley irritó a la reina con su aceptación del gobierno de Holanda, Hatton se alió con Walsingham para tratar de mitigar los efectos de aquella decepción.

Leicester había conseguido cauterizar la ascensión de Hatton frente a la reina, pero no así la de Ralegh. La masacre de Smerwick aparecía como un hecho de notable mérito ante los ojos de Isabel. Además, aquella acción le ganó el estatus de informante directo de la reina sobre asuntos irlandeses; puesto que Ralegh no desaprovechó a la hora de poner a parir a casi todos sus superiores. Para Isabel, además, un tipo así resultaba un apoyo interesante frente a las posiciones, siempre melifluas y excesivamente moderadas, de sus asesores habituales Burghley y Walsingham.

El temperamento siempre echado para delante de Ralegh, sin embargo, hizo que acabase por decidir que sólo existía un destino que se adaptase adecuadamente a sus ambiciones: el Nuevo Mundo.

Antes de él, los avances de los ingleses en el continente americano habían sido muy pocos. Recuérdese que en 1493 el Papa Alejandro VI había firmado cinco decretos que le concedían a España el derecho de ocupar las tierras que había descubierto y las que quedasen por descubrir. Estas normas se habian visto modificadas un año después por el tratado de Tordesillas, pero tan sólo para crear un duopolio colonial entre España y Portugal. El resto estaban fuera.

En 1496, Enrique VII había financiado una expedición de los genoveses Juan y Sebastián Caboto cuyo objetivo era encontrar un paso a las Indias por el norte. El objetivo no se consiguió, pero sí se descubrió la isla de Newfoundland, o Terranova, como la llamamos nosotros.

La ruptura de Enrique VIII con el Papa, lógicamente, abrió el portillo para que los navegantes ingleses se lanzasen Atlántico adelante, aunque el rey, que era una pieza financiera fundamental para los viajes, hizo poco por fomentarlos. Con Eduardo VI la cosa ya cambió. En 1553, que fue un año despatolantemente malo para el comercio británico, la liga de mercaderes locales se dirigió al rey para ofrecerle un esfuerzo mancomunado en la búsqueda del paso a Asia por el noreste, pasando por el Océano Ártico y el Mar de Bering. De hecho, tres barcos salieron de Tilbury, Essex.

Dos de esos barcos decidieron tocar tierra a causa del frío extremo, que su tripulación no podía soportar. Un año después, unos pescadores rusos los descubrirían totalmente congelados, algunos de ellos todavía sentados frente a un papel, con la pluma en la mano, escribiendo sus últimas voluntades.

El tercero de los barcos, capitaneado por Richard Chancellor, llegó hasta el Mar Blanco, pero no pasó del puerto ruso de San Nicolás. El capitán, sin embargo, no perdió el tiempo, porque cogió el AVE hasta Moscú, donde logró entrevistarse con el zar Iván el Terrible y negoció con él un tratado comercial. Como resultado, se creó en Londres la Muscovy Company.

En 1578, fue el propio Gilbert quien se interesó por encontrar la ruta norteña hacia Asia, y se garantizó una licencia real en monopolio con duración de seis años. Lo que buscaba era, fundamentalmente, anexar la mayor parte de Newfoundland en favor de la reina, a cambio de que su familia explotase en exclusiva sus riquezas. Gilbert tenía la idea de financiar parcialmente la expedición realizando actos de piratería en el Caribe español. Ralegh, en cuando conoció el proyecto, quiso ir.

El problema fue, como casi siempre en esas latitudes, el mal tiempo. Entre que llovía y hacía un viento de cojones y que Gilbert tuvo problemas de insubordinación con sus oficiales, tuvo que dar la vuelta cuando apenas estaba rodeando Irlanda. Ralegh, por su parte, llegó hasta las cosas de Cabo Verde (recuérdese que primero iban al Caribe), donde se quedó sin sacarina y tuvo que volver.

Inasequible al desaliento, Gilbert organizó una segunda expedición en 1583. Fue mejor. Los barcos llegaron hasta el puerto de San Juan, en la misma Newfoundland. Tomó posesión de la plaza a base de mandar a tomar por culo a los pescadores de bacalao bretones que estaban establecidos allí, y que decían tener una concesión de la reina. Al colocar la bandera, había comenzado la larga carrera inglesa en el continente americano.

Gilbert estaba allí, fundamentalmente, porque creía que aquella tierra aportaría grandes posibilidades mineras. Incluso había contratado a un alemán que sabía de la cosa. Pero no pudo avanzar mucho porque, al poco, casi toda su tripulación cayó enferma. Para colmo, un barco cargado con la mayoría de los pertrechos con que contaba la expedición se hundió, por lo que los marineros comenzaron a pedir la vuelta. Ni así lograron evitar la muerte. El barco de Gilbert, por ejemplo, fue sorprendido por una galerna a la altura de las Azores. Lo último que se sabe del bravo militar es que estaba en el puente de su nave, con una Biblia en la mano, gritándole a sus marineros: we are as near to Heaven by sea as by land. En el mar estamos igual de cerca del Cielo que en la tierra. De aquella expedición sólo regresó a Falmouth un barco.

Ralegh se salvó porque no había formado parte de aquella locura. Pero, en cuando conoció la desgracia de su medio hermano, solicitó a la reina los privilegios que él había visto concedidos.

La reina debía de estar muy colgada de aquel hombre pues, más que asentir, obedeció. La carta de privilegios que le firmó era exactamente la misma que recibió Gilbert, hasta en las comas. Pero no sólo es eso. También le autorizó a residir en los apartamentos de Durham House, en el Strand, un palacio entonces reservado para residencia de diplomáticos de paso (o sea: viene a ser como si el rey Felipe autorizase a alguien a vivir permanentemente en el palacio de El Pardo). Además, le garantizó exclusivas económicas de mucho beneficio: a partir de entonces, todo aquél que vendiese vino y tuviese una taberna debería sacarse una licencia que le expediría Ralegh.

En ese momento, los intereses de Ralegh se encontraron con los de Walsingham, a cuya responsabiildad estaba la expansión de los intereses comerciales gestionados por la Muscovy mediane el desarrollo de nuevas rutas por el Ártico. Ambos se necesitaban: uno tenía los barcos, y el otro tenía a la reina.

Pocos días después del asesinato de Guillermo de Orange, en el verano de 1584, Ralegh comenzó a reclutar un grupo de expertos fundamentalmente en aritmética, astronomía y cartografía. En ese momento, estaba pensando en un proyecto que solucionase de un plumazo la presencia inglesa en el Nuevo Mundo y el problema de Holanda. Thomas Harriot, un matemático de Oxford muy famoso entonces en lo suyo, fue nombrado director del grupo de expertos. Harriot, por cierto, fumaba en pipa; y a causa de ello es el primer británico de la Historia a quien mató un cáncer relacionado con el tabaquismo.

Richard Hakluyt, otro licenciado de Oxford, fue el encargado de presentarse ante la reina el 5 de octubre de 1584, es decir cuando la crisis en las Provincias Unidas estaba en todo lo gordo para los ingleses, con la misión de explicarle lo que podemos denominar el Plan Ralegh. El Informe Hakluyt, el que su autor había estado trabajando tres meses, es una cosa de ésas de la que todo el mundo debería saber algo, porque cambió el mundo. Con una presciencia total, pero al mismo tiempo explicada en unos términos que cualquiera, y desde luego la reina, podría entender, describía de qué manera la consolidación de tierras imperiales en Norteamérica supondría la generación de un mercado prácticamente infinito para los productos y los trabajadores ingleses, en un fenómeno que más que equilibraría la esperable guerra a gran escala que se provocaría contra España. De la misma manera, si se conseguía usar Norteamérica como una base militar, y sobre todo naval, permanente, el resultado sería cambiar de forma dramática el juego de fuerzas en Europa y, consecuentemente, resolver de una vez la cuestión holandesa.

Isabel primero recibió a Hakluyt, con quien departió brevemente para terminar premiándolo con la siguiente canonjía que quedase libre en la catedral de Bristol. Luego entró Ralegh, teatralmente, acompañado de dos indios algonquianos llamados Mateo y Wanchese, con sus vestimentas típicas.


La reina quedó bastante convencida.