miércoles, noviembre 08, 2017

Isabel (7: las consecuencias de un regicidio)

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Las noticias de la ejecución y muerte de María Estuardo viajaron muy deprisa. Burghley y Hatton lo supieron antes de que hubieran pasado 24 horas. Châteauneuf, el embajador francés, lo sabía a eso de las doce de la mañana del día siguiente; y el tañir de campanas y los fuegos artificiales comenzaron en Londres a eso de las tres de la tarde. Estaba ya bien entrada la tarde cuando Burghley fue a ver a la reina para informarla de que su prima estaba muerta; aunque es muy difícil pensar que para entonces no lo supiera ya por las gentes de palacio. Isabel dejó escapar un gran suspiro, pero afectó indiferencia.


Pero ese pasotismo duró poco. El viernes 10, dos días después de los hechos por lo tanto, Isabel usó ostensiblemente a Hatton (más claro: no usó a Burghley) para expresar su fuerte descontento con todos los asistentes a la reunión semiclandestina en la que se había montado todo. De hecho, convocó una reunión de sus consejeros privados, con la única excepción de Leicester, que tuvo la habilidad de quitarse de enmedio. En sus habitaciones privadas, les soltó un discurso de la hueva y una bronca de cojones. La mayor parte de las invectivas se las llevaron Burghley y Davidson. De hecho, en unos días Isabel ordenó enviar a Davidson a la Torre de Londres en un carro, a pesar de que estaba enfermo. Y si no hizo lo mismo con Burghley fue, al parecer, porque la reina pensaba que estaba demasiado débil para soportarlo con vida.

En ese momento, además, entre los conspiradores comenzaron los movimientos orquestales. Burghley, quien había redactado un pliego de descargo para la reina en el que admitía la culpa colectiva por todo lo que había ocurrido, decidió guardarla y redactar una segunda en la que, básicamente, venía a decir que Davidson tenía la culpa de todo. Los ingleses, ya se sabe, siempre tan poco proclives a admitir culpas cuando son evidentes. A ver si os vais a creer que a Nigel Farage lo han creado unos genetistas locos en un laboratorio de Wisconsin.

Por supuesto, usando su poder Burghley purgó los archivos de la corona para hacer desaparecer aquellos documentos que más lo comprometían. Así las cosas, a Davidson poco faltó para que lo ahorcasen. Si se salvó fue porque un noble protestante, primo segundo de la propia Isabel, tuvo la valentía de hablar por él: lord Buckhurst. Aquel hombre tuvo los huevos de decirle a la reina a la cara que sí, que su secretario la había traicionado; pero que, al fin y a la postre, ella le había firmado y entregado una sentencia de muerte. La reina accedió a salvarle la vida; pero debió de pensar, como Burghley, que mejor era no dejarle demasiadas pistas a los historiadores, porque realizó su propia labor de deconstrucción archivística. Sin ir más lejos, el original del documento que Robert Beale había llevado a Fotheringhay desapareció, a pesar de que Beale se preocupó de preservarlo para su conocimiento por el Parlamento. Es obvio que alguien lo tomó y lo quemó; o tal vez lo guardó en alguna olla y cualquier día aparece en la tienda de algún anticuario. El único testimonio que tenemos a día de hoy son dos copias que hizo a toda prisa el propio Beale antes de iniciar su viaje.

En el juicio que se abrió contra Davidson en la Star Chamber, probablemente la corte más temible de toda Inglaterra, tanto Burghley como todos los grandes nombres de la Corte inglesa mintieron como perras, o sea, como británicos de honor. Burghley declaró por escrito que la reunión clandestina de consejeros privados la había convocado Davidson; que fue el secretario de la reina quien leyó allí en voz alta la condena a muerte; que redactó todas las cartas e instrucciones que se elaboraron para la ejecución (ya hemos dicho que todos los borradores hechos de la mano de Burghley se han perdido); y que a todos los convenció de que aquél era el deseo de la reina. De todos los  hombres que habían estado en esa reunión sólo hubo uno que desdeñó firmar aquella confesión falsa: Walsingham. Éste es el nivel que, de toda la vida, ha exhibido la muy honorable Gran Bretaña cuando alguien le está apretando los huevos.

Tras un juicio de más de cuatro horas, a Davidson le cayó una multa de 10.000 marcos, que viene a ser como unos 8 millones de euros de hoy en día, y sentenciado a prisión durante el plazo que a la reina le pluguiese. Nunca pagó la multa (no era suficientemente rico) y fue, finalmente, liberado sin alharacas, más bien con nocturnidad, tras un año de maco.

Burghley, sin embargo, no había salido totalmente indemne de la movida, porque Isabel lo apartó de su vista; y un primer ministro como él difícilmente podía hacer bien su trabajo si no era atendido personalmente por la reina. En marzo, tras mucho porfiar, consiguió una audiencia; pero tres meses después todavía esperaba por la segunda; mientras la reina lo insultaba ante terceros, lo llamaba traidor, sin hacer nada por impedir que sus palabras llegasen a los oídos de su otrora mano derecha. En junio, camino de Richmond Palaces, Isabel aceptó parar en la residencia de Burghley en Theobalds, Hertfordshire; pero, en realidad, Isabel ya nunca llegó a confiar de nuevo en su primer ministro como lo había hecho en el pasado. En realidad, había algo más profundo que la ejecución de María entre los dos. Burghley siempre había tratado a la reina con un deje sexista; como si ella fuera a ser toda la vida una pobre mujer limitadita y por ello necesitada del consejo de un hombre. Ahora, la reina se había rebelado y había decidido enseñarle a sus ministros que ella era la reina absoluta, con todas las consecuencias.

Además, Isabel había comenzado su propia campaña de imagen pública ante Europa para liberarse de la acusación de regicidio, y para ello necesitaba distanciarse de quienes lo habían perpetrado según su visión. Esta estrategia era especialmente necesaria frente a Jacobo VI, el hijo de María que aquel año cumplía 21 y por lo tanto daba carpetazo a su minoridad. La reina le escribió cartas autoexculpándose de lo ocurrido, que calificó de miserable accidente. Envió a Robert Carey, el noveno de los hijos de lord Hundson, uno de los nobles de su Corte, para darle explicaciones personalmente. Carey y Jacobo eran amiguetes de una misión que éste había realizado en Escocia en compañía de Walsingham en 1585. Sin embargo, esta vez ni siquiera pisó la nación de los pictos. Jacobo le negó el pasaporte por su propia seguridad (e hizo bien; un enviado de la reina probablemente habría sido masacrado antes de llegar a Edimburgo) y le conminó a facilitar las explicaciones a dos representantes que fueron a verle a la raya escocesa.

En todo caso, el principal alfil del tablero cuyos movimientos eran predecibles tras la muerte de María, reina de los escoceses, era España.

Con María muerta, Felipe II tenía todos los caminos dinásticos abiertos para exigir el trono de Inglaterra. Desde mayo de 1585, el rey español venía pensando en alguna acción importante de respuesta al apoyo decidido que Londres venía prestando a los rebeldes holandeses. En enero de 1586, le pidió al marqués de Santa Cruz, un veterano de Lepanto, los primeros informes sobre las condiciones de una eventual invasión a gran escala de Inglaterra. En ese momento, sin embargo, una acción de esas características no habría hecho otra cosa que alimentar los derechos de María, reina de los escoceses, y del fuerte partido católico francés de los Guisa que la apoyaba. Es por ello que se guardó de llevar adelante sus planes, a pesar de que en Roma eran muy bien vistos.

La ejecución de la escocesa, sin embargo, cambió las cosas, puesto que María, en su testamento, legaba sus derechos dinásticos precisamente en la persona del rey español; desheredando, por lo tanto, a su hijo Jacobo siempre y cuando éste permaneciese en la fe reformada.

El rey escocés, de hecho, había realizado una alianza con Londres, ratificada en julio de 1586, tras la cual Escocia había pasado a ser fuertemente dependiente de Inglaterra, sobre todo en el ámbito financiero. Isabel, además, respondió aceptándolo sin ambages como rey de Escocia e insinuando que, si permanecía en la fe protestante, podría llegar a heredar el derecho al trono inglés.

En Roma, el Papa Sixto V, que personalmente no sentía una gran simpatía por el rey español, lo presionaba constantemente para que diese pruebas de querer ser de verdad el campeón de la catolicidad que decía ser. El plan que más le gustaba al inquilino del Vaticano era la conversión al catolicismo de Jacobo de Escocia, seguida de deposición de Isabel. Felipe, por su parte, le dijo al Papa a través del conde de Olivares, su embajador en Roma, que participaría gustoso en planes para deponer a la reina inglesa; pero no lo haría en beneficio de Jacobo. Su plan era poner al frente del trono inglés a su hija más joven, la infanta Isabel Clara Eugenia.

Contaba en ese momento Felipe con que Francia no intervendría pues, como ya hemos contado, Enrique III bastante tenía con conservar el cuello, desangrada como estaba la nación por su enfrentamiento con los Guisa.

Así las cosas, en Sevilla, Cádiz y Lisboa, el rey español comenzó a allegar los recursos militares y navales que algún día serían conocidos como la Armada Invencible.

En ese momento, a España le faltaba algo que era fundamental para sus planes: datos precisos sobre los planes y discusiones en el seno de la Corte inglesa. Desde la marcha de Bernardino de Mendoza de Londres, y también a causa del buen trabajo de Walsingham, los españoles habían perdido capacidad de espionaje en Londres. Pero esto cambió en la primavera de 1587 cuando el propio De Mendoza consiguió colocar un espía de alto nivel en la Corte. Un espía que los españoles conocieron por el nombre el clave de Giulio.

Durante siglos poco se ha sabido de la filiación de este misterioso Giulio que trabajó para los españoles. Hoy se sabe que era sir Edward Stafford, embajador de la reina en París. Stafford, él mismo un ludópata con enormes deudas, se dejó sobornar por los españoles a cambio de pagos que llegaron a ser hasta de más de un millón de euros de hoy en día, a cambio de los cuales les pasó toneladas de información política y militar sobre los planes de Inglaterra.

Stafford, todo hay que decirlo, no se llevaba bien con la reina y, de hecho, Walsingham siempre sospechó de él. Ya hemos visto, de hecho, que uno de sus sirvientes incluso acunó la idea de cargársela. Walsingham, de hecho, interceptó durante meses toda la correspondencia del embajador, la abrió y luego la volvió a cerrar; incluso las cartas personales que le escribía a su madre. Sin embargo, Stafford se mostró más listo que su perseguidor, pues siempre borró las huellas de sus traiciones e, incluso, se cuidó de transmitirle a los españoles algunas piezas de información inventadas por él mismo. De esta manera, impidió que los ingleses pudiesen derivar de las reacciones españolas el tipo de información que habían recibido y, por lo tanto, quién se la habría podido facilitar.

En marzo de 1587, sir Francis Drake convenció a la reina, que la verdad no estaba convencida, de cederle una pequeña flota para que se uniese a una veintena de barcos mercantes. Con estos barcos, Drake quería dar seguridad al comercio inglés pero, al tiempo, le prometió a la reina que haría todo lo posible para afectar el poderío naval español. Su plan era bloquear la costa atlántica española y abordar los barcos que pudieran llegar de América o de Asia. Walsingham, quien como ya hemos dicho estaba con la mosca detrás de la oreja, esperó unas tres semanas antes de informar a Stafford de estos planes. Para entonces, sin embargo, quien se había arrepentido del paso dado era la reina; Isabel había decidido no hacer aquella expedición (que acababa de partir de Plymouth) y negociar una paz con Parma. Drake, decían las nuevas órdenes, podría atacar buques españoles en alta mar, pero le quedaba totalmente prohibido atacar ciudades o puertos españoles.

El Señor Francisco, sin embargo, nunca recibió estas instrucciones. Llegaron a Plymouth una semana tarde. El duque de Parma, mientras tanto, había enviado algunas señales de que observaba con simpatía unas eventuales negociaciones de paz.

Por lo tanto, en estas circunstancias la acción que Drake sí llevó a cabo, esto es el ataque y pillaje de la ciudad de Cádiz, más que alegrar a la reina, lo que le provocó fue un mosqueo del cuarenta y dos.