miércoles, noviembre 29, 2017

Isabel (8: la paz que no fue)

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Lo cierto es que, por muy mosqueada que se pudiera encontrar la reina, el ataque a Cádiz por Drake fue todo un éxito. El inglés consiguió infiltrarse en el puerto gaditano haciendo pasar a su flota por navíos franceses u holandeses. En su ataque consiguió hundir o quemar más de treinta barcos españoles y saqueó los almacenes del puerto; algo que le era muy necesario porque la verdad es que llegó a Cádiz casi sin pertrechos. Luego navegó hacia las Azores, a sabiendas de que las islas eran un punto habitual de paso de las flotas del Nuevo Mundo. Allí capturó un premio gordo: el San Felipe, una carraca portuguesa con un rico cargamento de porcelana y tejidos, además de especias.


El problema para Isabel, que explica por qué en realidad no se sintió tan contenta cuando tuvo noticias de Drake, es que temía un enfrentamiento a gran escala en el norte de Europa. Sus temores tenían que ver con su convicción, en buena parte cierta, de que si estallaba lo que en las dimensiones de entonces podría considerarse una guerra mundial, sería muy difícil mantener permanentemente el conflicto en una situación que impidiese que tropas de tierra españolas pisaran tierra inglesa; en este sentido, cabe decir que la renuencia de Isabel a aceptar el enfrentamiento con España viene a tener raíces muy parecidas a la tibieza que no pocos políticos británicos mostraron antes de 1939 a la hora de ponerle la proa a la Alemania de Hitler.

Isabel, que creía a ciegas en los horóscopos y esas cosas, había hecho llamar a la Corte muchas veces al famoso esotérico John Dee, quien le había asegurado que las estrellas no mentían, y que su discurso era claro en el sentido de que la paz entre Londres y Madrid era posible. Eso sí, ella albergaba esos sentimientos en un momento en el que, aunque ella no lo supiera, el rey español ya había tomado la decisión de atacarla. Felipe, en efecto, era más práctico. En lugar de creer en nigromantes creía en Dios; que es un ente, como es bien sabido, habitualmente proclive a opinar lo que tú quieres que opine. 

Burghley y Walsingham, sin embargo, no creían en las vagas promesas que la reina se hacía a sí misma. Para ellos, lo urgente era preparar la guerra. Pero ella, sin embargo, no les hizo caso. Se negó a aprobar unas maniobras navales que sus ministros consideraban fundamentales y, de hecho, cuando Drake llego a Plymouth, le ordenó anclar sus barcos.

Burghley cayó enfermo de uno de los ataques de gota que se harían cada vez más frecuentes conforme pasara el tiempo; pero desde la cama siguió recibiendo informes que lo inquietaban. Según sus espías, la estrategia del duque de Parma era hacer caso de Isabel, darle sedal que diría un pescador, hacerla creer que él también estaba por la movida de la paz, mientras que en realidad lo que hacía era preparar la guerra. Como lord tesorero, Burghley sabía que el Exchequer estaba casi vacío, y por lo tanto le rogó a Isabel que activase una campaña de ingresos para dotarlo suficientemente; Isabel le dijo que no con displicencia.

Lejos de las intenciones de sus ministros, Isabel propuso la celebración de una conferencia de paz en Emden, Baja Sajonia. Sugirió la figura de un mediador u hombre bueno, en la persona del rey Federico II de Dinamarca y Noruega. Parma, sin embargo, rechazó esta propuesta; entre otras cosas, el rey danés era protestante, y por lo tanto se le aparecía como un árbitro un tanto casero. Lo que quedó de 1587 se fue en inútiles negociaciones en torno a esta nonata conferencia de paz.

Una persona en la Corte estaba verdaderamente horrorizada por la inanidad de la reina: Leicester. En verdad era un hombre fatuo y que a veces se desconectaba de la verdad con demasiada facilidad. Pero conocía bien las Provincias Unidas, conocía a Parma mejor que nadie aquende el Canal de la Mancha (dicho sea desde el punto de vista inglés), y sabía mejor que nadie que todo aquel ir y venir de cartitas no podía significar nada bueno. A principios de noviembre, durante un encuentro cara a cara con la reina, le advirtió de ello y le dijo, claramente, que si no se preparaba para la guerra acabaría pagándolo junto con todo su entorno y el país entero. Su punto fundamental fue atraerla a la idea de que Drake recibiese la autorización para construir una flota en condiciones. La reina se negó, Leicester probablemente fue demasiado lejos defendiendo sus posiciones, y ambos tuvieron eso que podríamos denominar fácilmente una pelea.

Isabel y Leicester estuvieron prácticamente sin hablarse durante un mes y medio. Finalmente, ella estalló el Boxing Day, esto es el día 26 de diciembre. En uno más de los ataques retóricos de su favorito, Isabel estalló, comenzó a gritar y a sollozar, lo golpeó con sus puños en el pecho y le dijo que era su responsabilidad (de ella) llegar a una paz con España; el típico discurso, por otra parte cierto, de qué fácil es opinar cuando no tienes que gobernar. Leicester, reculando un poco, trató de hacerla razonar. La conminó a reflexionar sobre el hecho de que Drake, con una fuerza relativamente pequeña, había conseguido infligir un duro golpe a los españoles; pero Isabel retrucó argumentando algo que era cierto; Drake, con todo su sobradismo y tal, nunca había participado en una batalla naval en mar abierto. “Más que hacerle daño al enemigo”, sentenció, “Drake me lo ha hecho a mí”.

En la tarde del 2 de febrero de 1588, celebración del Candlemas Day, la reina tenía previsto asistir a una comedia de teatro de John Lyly en su palacio de Greenwich. Algunos minutos antes de comenzar el espectáculo, Isabel envió un emisario con las instrucciones de llegarse a toda pastilla hasta las Provincias Unidas. En dicha carta, destinada a sus aliados en el terreno, la reina de Inglaterra desmentía categóricamente las noticias de que hubiera llegado a un acuerdo con Parma. Sin embargo, como siempre ha ocurrido y sigue ocurriendo en materia de política alta, baja o mediopensionista, que un gobernante desmienta categóricamente que está haciendo algo bien puede ser el mejor de los síntomas de que lo está haciendo o piensa en ello. Un mes más tarde, los protestantes holandeses recibieron noticias de que Inglaterra abría formalmente conversaciones de paz con España. De hecho, nombró una comisión de cinco miembros, presidida por el conde de Derby. Esta comisión se sentó con negociadores de Parma en Ostende y después en Burburgo.

Las instrucciones que se llevó Derby a Holanda, que fueron las de la reina pero no las de Burghley, fueron asegurar una tregua total con España que incluyese la totalidad de las Islas Británicas. Fue sólo tras una intensa campaña de presiones por parte de los Estados Generales de las Provincias Unidas que incluyó la libertad religiosa en Holanda dentro del conjunto de peticiones; de donde nos cabe concluir que, en realidad, a la reina inglesa ese tema le importaba poco a cambio de la paz, muy en la línea de la histórica diplomacia británica, que ha ido a lo suyo y sólo a lo suyo. Eso sí, la garantía de libertad religiosa sólo era de diez años y, de hecho, en el curso de las negociaciones la redujo a dos; lo cual yo creo que muestra con claridad, como digo, lo preocupadísima que estaba la reina de Inglaterra por la pervivencia de la Reforma en las costas de Zelanda. Eso sí, también solicitaba la salida de las tropas españolas de las Provincias Unidas.

El problema, en este caso, lo puso España. A pesar de que Parma mostró cierto pequeño entusiasmo por la iniciativa, lo cierto es que el representante de Felipe II en las Provincias Unidas nunca recibió ningún correo electrónico de El Escorial aceptando la gestión. Por lo tanto, a las negociaciones les faltó algo fundamental, que era que ambas partes tuvieran la condición plenipotenciaria. Así las cosas, lo que Parma ofreció fue bien poca cosa: una especie de tregua selectiva, que afectaría únicamente a las tropas auxiliares inglesas presentes en las Provincias Unidas. Tregua que, en todo caso, tampoco se prometía muy larga. Lo que se pedía a cambio era una declaración de ambas partes descartando la invasión del otro.

Este punto del relato es uno de los muchos que podemos encontrar los españoles en nuestra Historia en los que nuestra condición, por así decirlo, imperial, nos pesó hasta llegar a labrar nuestra decadencia como potencia mundial. Las Provincias Unidas, no se olvide, habían sido una herencia personal recibida por Felipe II. Su posesión y dominio, por lo tanto,era algo que España (bueno, Castilla) asumía por la grandeza de su rey. Si aquellas conversaciones de paz de 1587 se hubieran llevado a cabo más seriamente y con inteligencia diplomática, quién sabe si el percorrer de la sangría que a la postre supondrían las Provincias Unidas para España podría haber sido de una forma diferente.

A todo esto hay que añadir que los españoles tenían a su favor que los ingleses nunca fueron capaces de saber qué les contaba Giulio. España, por lo tanto, siempre fue un paso por delante de Londres en aquellos contactos. La obstinación de Isabel por mantener aquella mesa abierta, en contra de los avisos de Walsingham sobre la pobre situación del ejército inglés, añadía ventaja para los españoles; pero éstos no supieron aprovecharla.

Parma llegó incluso a informar a Isabel de que el rey Felipe nunca aceptaría que se firmase una tregua general entre Inglaterra y España; pero incluso en esa situación, la instrucción de Londres fue recomenzar los contactos ya sin condiciones previas. Todavía en junio, cuando hacía un mes que la Armada había salido de Lisboa, se seguía buscando la paz.

La Armada Invencible había sido diseñada y organizada por Álvaro de Bazán y Guzmán, marqués de Santa Cruz; y el rey Felipe tenía la intención de otorgarle a él también el mando de la flota. Santa Cruz, sin embargo, fue una de las víctimas de la epidemia de tifus que asoló Lisboa en febrero de 1588, y que afectó a muchos de sus soldados. Para reemplazar a Santa Cruz, Felipe decidió confiar en Alfonso Pérez de Guzmán el Bueno, séptimo duque de Medina Sidonia. El propio Alfonso trató de sacudirse el mando aduciendo razones de salud o de inexperiencia. Además de ello, hay que reconocer que la historiografía, muy a menudo, se ceba con él, afirmando poco menos que Felipe puso al frente de la operación a alguien que no distinguía un océano de un vaso de Aquarius. Ciertamente, Guzmán no tenía experiencia en combates navales abiertos, pero no era ningún tuercebotas. Conocía muy bien las technicalities de la navegación y de la guerra naval y, además, y éste es probablemente el argumento que más pesó en la conciencia de su rey, era quien había reaccionado con más eficiencia y sangre fría durante el ataque de Drake al puerto de Cádiz. Su gran pero, importante cuando uno va a estar en alta mar, es que era de natural muy enfermizo. Que se mareaba, vaya.

Dejemos claro otro aspecto que es importante y que no está en la cabeza de quienes saben más bien poco del episodio de la Invencible: el plan español no se basaba en una batalla naval, sino en una invasión por tierra. El objetivo de los barcos era tocar la costa holandesa para, una vez allí, transportar 26.000 soldados del ejército de Flandes hacia Inglaterra en una flota de unos 300 barcos de transporte. Los barcos de la Armada no tenían que atacar las costas de Inglaterra, sino patrullar el espacio entre la costa holandesa y la isla de Thanet, en la costa de Kent, para allanarle el camino a las barcazas del duque de Parma. Sólo una vez que las tropas veteranas de Parma hubieran desembarcado en Inglaterra deberían hacerlo los 18.500 soldados que iban en los barcos de la Invencible, la mayoría de ellos tropas bisoñas.

Ya en las Navidades de 1587, el duque de Parma había intentado desleer todo lo posible los planes de su rey. Le había dicho, negro sobre blanco, que su plan era demasiado complicado. Las barcazas de transporte no serían problema teniendo en cuenta cómo iba el ritmo de construcción y, ciertamente, tanto en Dunkerke como en Niewpoort se estaban acopiando tropas. Pero aun así el calendario era demasiado exigente como para que todo funcionase como debería. Los problemas eran dos: por un lado, las tropas de Flandes necesitaban más formación para poder convertirse en una fuerza invasora efectiva. Y, en segundo lugar, hacía falta que los españoles fuesen capaces de tomar un gran puerto holandés. De no ser así, tendrían que salir desde lugares secundarios de la costa, petados de traidores bancos de arena que podrían hacer zozobrar muchas de las naves.

Isabel, en cambio, había sido más precavida. Incluso cuando todavía estaba frontalmente enfrentada con Burghley y se negaba a, como diríamos hoy, incrementar el presupuesto de defensa para crear nuevos barcos, ya se había preocupado de ordenar la concentración de la flota disponible en el sur de la isla. Era consciente de que el objetivo de Felipe podía ser Inglaterra, Irlanda o Escocia, lo cual suponía generar un frente difícil de defender. Por lo tanto, dio instrucciones a su Lord Almirante, Carlos, lord Howard of Effigham, para estudiar cómo contestar a cada una de esas invasiones. Drake, mientras tanto, patrullaría entre la costa occidental de Inglaterra y la oriental de Irlanda.


Ya se escuchaba, pues, eso que solemos llamar el ruido de sables.