lunes, noviembre 13, 2017

Trento (37)

Recuerda que en esta serie hemos hablado ya, en plan de introducción, del putomiérdico estado en que se encontraba la Europa católica cuando empezó a amurcar la Reforma y la reacción bottom-up que generó en las órdenes religiosas, de los camaldulenses a los teatinos. Luego hemos empezado a contar las andanzas de la Compañía de Jesús, así como su desarrollo final como orden al servicio de la Iglesia. Luego hemos pasado a los primeros pasos de la Inquisición en Italia y su intensificación bajo el pontificado del cardenal Caraffa y la posterior saña con que se desempeñó su sucesor, Pío IV, hasta conseguir que la Inquisición dejase Italia hecha unos zorros.

A partir de ahí, hemos pasado a ver los primeros pasos de la idea del concilio y, al trantrán, hemos llegado hasta su constitución formal. Pero esa constitución fue tan problemática que pronto surgió el fantasma del traslado del concilio.

En ese punto del relato, hicimos un alto para realizar un interludio estético. Pasadas las vacaciones, hemos abordado la apertura del concilio y las maniobras papales para arrimar el ascua a su sardina. De hecho, el Papa maniobró, en contra de los intereses imperiales, para que Trento le pusiera la proa desde el primer momento a los reformados, y luego intentó, sin éxito, sacar el concilio de Trento. El enfrentamiento fue de mal en peor hasta que, durante la discusión sobre la residencia de los obispos, se montó la mundial; el posterior empeño papal en trasladar el concilio colocó a la Iglesia al borde de un cisma. El emperador, sin embargo, supo hacer valer la fuerza de sus victorias. A partir de entonces, el Papa Pablo ya fue de cada caída hasta que la cascó, para ser sustituido por su fiel legado en Trento. El nuevo pontífice quiso mostrarse conciliador con el emperador y volvió a convocar el concilio, aunque no en muy buenas condiciones. La cosa no fue mal hasta que el legado papal comenzó a hacérselas de maniobrero. En esas circunstancias, el concilio no podía hacer otra cosa más que descarrilar. Tras el aplazamiento, los reyes católicos comenzaron a acojonarse con el avance del protestantismo; así las cosas, el nuevo Papa, Pío IV, llegó con la condición de renovar el concilio. Concilio que convocó, aunque no sin dificultades.

El nuevo concilio comenzó con una gran presión hacia la reconciliación con los reformados, procedente sobre todo de Francia, así como del Imperio. Sin embargo, a base de pastelear con España sobre todo, el Papa acabó consiguiendo convocar un concilio bajo el control de sus legados.

El concilio recomenzó con un fuerte enfrentamiento entre el Papa y los prelados españoles y, casi de seguido, con el estallido de la gravísima disensión en torno a la residencia de los obispos. La situación no hizo sino empeorar cuando se discutieron la continuidad del concilio y la comunión de dos especies. Si algo parecido se aprobó, no fue sino después de que el Papa recuperase el control sobre el concilio.

Las cosas, sin embargo, se pusieron mucho peor cuando los españoles se empeñaron en discutir el origen divino de la dignidad episcopal y, para colmo, por Trento se dejó caer el cardenal de Lorena. Las cosas se encabronaron y llegó un momento en que el Papa se jugó el ser o no ser de su poder; pero no en Trento, sino en Innsbruck. Pero allí, en el minuto de descuento, el emperador se echó atrás; incluso a pesar de la oposición de su sobrino el rey de España.

El Papa adquirió un control casi total sobre el concilio, aunque una cuestión de etiqueta entre franceses y españoles estuvo a punto de cargárselo de nuevo. Una vez superada, el concilio trató de avanzar en la tan cacareada reforma de la Iglesia. El Papa, en todo caso, obtuvo una gran victoria para sus tesis al atraer a su bando al cardenal de Lorena.




En cuanto el Papa tuvo en la buchaca al emperador y a la corona francesa, como es lógico se sobró y llegó a la conclusión de que añadir a la sala de trofeos el busto del rey español era sólo cuestión de tiempo. Al fin y al cabo, de sus tres puntos de referencia, el más intensamente religioso, y eso quiere decir católico, era Felipe. La cosa, pues, estaba chupada.


Pío, pues, le escribió una carta al conde de Luna en la que le pedía que dejase de perturbar la paz de la cristiandad (que estaba pacífica de cojones; no había más que pasearse por el centro de Europa para comprobarlo) y que permitiese cuando menos una suspensión de los trabajos del concilio. El 12 de agosto, lógicamente por indicación eclesial, el emperador le escribe a su sobrino en términos muy parecidos. Pero claro, Felipe era mucho Felipe.

Todas aquellas gestiones sirvieron para engrosar el Archivo Histórico Nacional, pero para poco más. Y, por lo que se refiere a Luna, su actitud en los debates trentinos no varió un adarme. Siguió interviniendo con el mismo tono de presión, de demanda, y exhibiendo, además, el apoyo incondicional de la cerrada falange española.

En ese estado de cosas, pasada la sesión vigésimo tercera, al concilio le tocaba meterse con el sacramento del matrimonio. El canon noveno abordaba el matrimonio o el celibato de los sacerdotes; el décimo declaraba que el celibato, en general, era más virtuoso y sano que el matrimonio; a lo que hay que añadir otras regulaciones complementarias, como la que establecía una edad mínima a partir de la cual se podían producir matrimonios no consentidos por los padres (veinte años para los hombres y 18 para las mujeres).

El principal interesado de que se regulasen (se prohibiesen) los matrimonios clandestinos o no permitidos era Francia, que por supuesto fue defendida en los debates por Be Water Lorena. Pero la cosa no era fácil, pues había un importante grupo de opinión entre los padres conciliares que sostenía (en opinión de este amanuense, acertadamente desde el punto de vista teológico) que el carácter sacramental del matrimonio es irrestricto. Que, por lo tanto, todo matrimonio es un sacramento y, por lo tanto, porque se haya producido clandestinamente no se puede romper así como así, incluso aunque quienes lo hayan practicado sean severamente castigados. Esta postura, de hecho, tenía sólidos apoyos entre los legados; tanto Hosius como Simonetta la defendieron ardientemente, lo que Dios ha unido no lo puede desunir el hombre, todo eso. Sin embargo, apenas lograron acopiar una exigua minoría de 59 prelados, que perdieron la votación contra los 133 restantes.

En cuanto a la posibilidad de que los propios sacerdotes pudiesen casarse, en el momento en que se planteó la discusión, la verdad, tan sólo algunos padres conciliares imperiales estaban en condiciones de defender la posibilidad del matrimonio; toda vez que el que había sido importante foco de apoyo a la idea, Francia, se había jiñado comme il faut siguiendo las evoluciones eólicas de esa veleta llamada cardenal de Lorena. Y hay que recordar, en este punto, que antes de que los padres franceses acudiesen a Trento, tanto su gobierno como los Estados Generales como una asamblea nacional de sacerdotes se habían pronunciado en Francia a favor de la medida, por lo que ellos estaban moralmente, y casi diría que jurídicamente, obligados a defender otra posición. Pero ese tipo de detallitos difícilmente frenarían a un cortabolsas como Lorena.

Cogiendo, pues, una cierta velocidad de crucero, los legados decidieron impulsar los trabajos para abordar la reforma de las costumbres del clero, ahí es nada. Propusieron 42 cánones, en un conjunto de legislación interna clerical en el que debía de haber ejemplos verdaderamente carpetovetónicos, pues el embajador español, nada menos que el embajador de la nación católica más conservadora de largo, tuvo que decirle a los legados que retirase seis porque estaban tan lejos de los tiempos modernos que eran inaplicables.

El conjunto de cánones, en todo caso, establecía cosas de lógica parda como la obligación de predicar frecuentemente. Aquel conjunto de decretos, hay que reconocerlo, incluía elementos de reforma importantes que comportarían un esfuerzo para la Curia eclesiástica. Sin embargo, el problema que presentaba la propuesta de regulación es que era notablemente discriminatoria con los poderes temporales.

Supongo que no tendré que escribir muchas líneas para explicarle a mi lector que la Iglesia es una cosa que va de que todo lo que tiene le viene del Cielo pero que en realidad vive de lo que le da la Tierra. Los silentes constructores de las catedrales fueron los muchos comerciantes y campesinos más o menos venidos a más que las financiaron, aunque a menudo los libros (y las novelas de Ken Follet) sólo se acuerden de los sacerdotes que las impulsaron. La Historia de la Iglesia, desde Honorio hasta aquí, es la Historia de la relación de unos señores que presuntamente sólo están para alabar a Dios y rezarle mil veces con otros señores que se escuernan en el día a día para que lo primeros puedan dedicarse a lo que dicen que se dedican. Esta relación, sin embargo, plantea el inmediato problema de qué pasa cuando hay que definir las estructuras de mando en la Iglesia. El noble local, el jefe del Estado, tienen siempre, de una forma más o menos taimada, la impresión de que, ya que ellos pagan la fiesta, lo lógico es que se les dé boleta a la hora de definir qué música se va a poner. La Iglesia, por su parte, siempre ha tenido la actitud de que la pasta que le dan la recibe porque es voluntad de Dios; que ellos no tienen por qué dar gracias por una mierda y que, por lo tanto, ellos se elijen entre ellos, y el seglar es un espectador de todo ello. Una tensión que, a decir verdad, sólo se resolvió razonablemente en el Tratado de Letrán, cuando a medio mundo el problema ya se la sudaba.

También hay que decir que toda moneda tiene dos caras y que la Iglesia también tenía sus razones para mostrarse renuente. En términos generales, cuando a un ser humano le das todo el poder, lo utiliza mal. Eso ocurre, sin duda, cuando toda la decisión la tiene la Iglesia; pero cuando es al revés; cuando son los poderes temporales los que dominan el poder espiritual, también se producen abusos, abusos que los legados de Trento tenían muy presentes. Por ello redactaron el último canon de este conjunto decretal sobre las costumbres de la Iglesia, un texto bastante largo que es, de hecho, un ataque frontal a las pretensiones del poder temporal sobre el espiritual. Entre otras cosas, fue este canon el que estableció con claridad la medida de que los sacerdotes no podrían ser llevados frente a la jurisdicción secular; una regulación tan importante para la Iglesia que todavía dio problemas cuando, en los años sesenta y setenta del siglo pasado, el franquismo sentó en el banquillo a curas vascos colaboradores de ETA. Pero no era sólo eso. No es que el canon limitase el acceso de la justicia secular a los sacerdotes; es que, además, extendía sobremanera las competencias de la justicia eclesiástica. Se prohibía, además, que el Estado se apropiase de los bienes de sedes vacantes y, en un último golpe de efecto, eliminaba el Placet regium, esto es, el nihil obstat real, para los breves y las bulas pontificales.

De una manera muy resumida, pues, podemos decir que si bien en las sesiones anteriores de Trento el Papa, que era al fin y al cabo quien estaba detrás del concilio, había tenido que ceder parcelas de poder en manos de los obispos ahora, con este conjunto de cánones, le pasaba la factura a los poderes temporales. Una especie de Tú La Llevas, pues. Trento es, en este sentido, un ensayo de volver a someter el poder temporal al eclesiástico; podemos decir en términos españoles, una especie de resurrección avant la lettre del status quo tardorromano, regulado por los concilios de Toledo.

Pero, claro, ni el Renacimiento era el tempus gothorum, ni los poderes temporales europeos estaban entonces ocupados por muñecos hechos de la madera de Recaredo. Los embajadores temporales, como es lógico, pusieron el grito, nunca mejor dicho, en el cielo. Desde el punto de vista de los reyes y de sus terminales, se estaban poniendo en solfa beneficios obtenidos por los Estados de siglos atrás, que por lo tanto formaban parte de eso que hoy llamaríamos sus finanzas corrientes, y que por lo tanto no estaban ni en disposición ni a favor de renunciar a ellos. La discusión se enconó de tal manera que los legados de Roma volvieron a sacar el fantasma de la suspensión del sínodo.

Esta posición, sin embargo, era, digámoslo con elegancia, de gilipollas total. ¿Qué ganaba Roma, en ese punto, suspendiendo Trento y dejando en paso una regulación que quería cambiar? Esas amenazas se blanden cuando tú no quieres cambiar y los demás sí (situación multirrepetida en Trento); pero ahora el caso era exactamente el contrario. Así pues, poco a poco los legados se fueron dando cuenta de que la estaban cagando, y tuvieron que volver grupas, subirse la sotana a la altura de las caderas y admitir que, vale, ese último canon lo mismo había que retirarlo. Sin embargo, hubo un grupo importante de prelados italianos, sobre todo los más conservadores, que se negó a apoyar la retirada. Con una interpretación curiosa y bastante sólida (a la que, por cierto, los conciliares españoles no eran ajenos), estos sacerdotes venían a decir que si a ellos se les iba a regular en aquel concilio para reformar severamente sus costumbres, lo mismo habría que hacer con los príncipes y los nobles o, de lo contrario, se los comerían por las patas. Pero los legados, muy presionados, decidieron dejar para más adelante (ad calendas graecas) la discusión de los cánones más problemáticos.

Por cierto que en medio de esta discusión, el 18 de septiembre, Lorena se había ausentado de Trento para ir a Roma. Allí Pío le comió todo tipo de apéndices repetidamente, le prometió la legación apostólica en París, e incluso le sugirió (esto, de una forma o de otra, lo han hecho todos o casi todos los Papas) que tenía mucha mano sobre el colegio cardenalicio que elegiría a su sucesor cuando él la cascase y que, por lo tanto, si se portaba bien, le haría Papa. Lorena tuvo que tomarse sesenta botes enteros de Aero Red de lo repleto de flatulencias que se quedó. Ya se sabe que decirle a un francés que es la hostia es remar a favor de corriente.

Eso sí: una regla universal nos dice que toda felatio requiere su fielato. Las flatulencias hay que retribuirlas, y Lorena lo sabía. Es por eso que le escribió una carta a su rey en el que le tranquilizaba sobre las cosas que se estaban discutiendo en Trento (contra sus intereses). Para entonces, sin embargo, el rey ya se había coscado sobre de qué palo iba su querido cardenal, y había dado instrucciones a su embajador en Trento para que actuase sin dilación contra las regulaciones que pretendía implantar la Iglesia. Las órdenes fueron de protestar y, en el caso de no recibir garantías inmediatas, abandonar Trento.

Felipe de España tampoco se quedó corto. Católico lo era a machamartillo; pero la pela es la pela. A través de sus embajadores en Roma, protestó sobre la conducta del concilio y Pío, aconsejado por su asesor y sobrino Borromeo, ordenó a los legados tascar el freno. Ya lo habían hecho cuando, a través de Morone les llegó la noticia de que el mismo emperador le había escrito conminándole a dar marcha atrás en un decreto que, decía, se posicionaba contra todas las tradiciones seculares, las leyes y las instituciones del Imperio; y amenazaba con una especie de revuelta laica contra el clero en cuya instigación, probablemente, no serían ajenas sus propias gentes de gobierno.

Sea como sea, el problema generado alrededor de este trigésimo quinto canon supuso que la congregación pública del 22 de septiembre tornase por desarrollarse mal, muy mal. Los legados, a pesar de su proclividad al acuerdo, tenían encima de la mesa una declaración, un verdadero manifiesto diríamos hoy, firmada por la mayoría de los prelados presentes, en la cual éstos se mostraban renuentes a aceptar la reforma del clero si no se producía también la del poder temporal.

Ante esta situación, el embajador de Francia consideró que era el momento de dar ese golpe sobre la mesa que estaba autorizado por París a dar si las cosas venían demasiado mal. Así las cosas, denunció que los cánones de reforma de la Iglesia que se proponían eran insuficientes en general, y atacó en particular al trigésimo quinto, al que calificó de ataque directo a la Iglesia galicana y sus tradiciones, y lo acusó en potencia de crear conflictos gravísimos tanto con los reyes cristianos como con sus súbditos. Cuando, días después, llegare la protesta formal de Viena sobre dicho canon, se decidió, con el apoyo de los embajadores venecianos, aplazar su estudio.

Pero, claro, tras la retirada de ese canon, el resultado de las reformas de Trento venía a ser notablemente lesivo para los cardenales. La casta noble superior de la Iglesia, en efecto, quedaba emparedada entre los privilegios que había sido necesario ceder a los obispos y la negativa en redondo de los príncipes temporales a ceder parte de los suyos. El sobrino de Pablo III, el cardenal Farnesio, se convirtió en portavoz de este descontento, y arrastró a la mayoría de padres conciliares italianos, que era más mayoría después de que, en las últimas semanas, no pocos prelados franceses hubiesen abandonado la villa. Quedaba enfrente de ellos, como tantas otras veces en aquel concilio, la posición de los españoles, que fue entonces cuando desarrollaron la expresión curialista para designar al defensor a ultranza de los privilegios cardenalicios. Laínez, el asesor teológico, intervenía opinando con tanta violencia contra el poder de los obispos que incluso se ganaba la enemiga de los propios sacerdotes italianos. Pío IV tuvo que intervenir en Roma contra los cardenales que habían escrito a Trento posicionándose contra las innovaciones. Pero, la verdad, los obispos y prelados italianos presentes en Trento preferían seguir a la Curia, institución estable y continuada; que al Papa, al fin y al cabo un tipo que se podía morir cualquier día.

La comisión de reformas, lógicamente dominada por italianos, comenzó a defender tal cantidad de enmiendas que las dejaba inútiles, para rabia de franceses y españoles; eso a pesar de las intervenciones conciliadoras de Lorena, que se estaba trabajando el pontificado prometido.

En ese momento, se metió por medio El Escorial. El conde de Luna, meticulosamente instruido para ello por su rey, recomenzó la demanda de la retirada de la famosa coletilla proponentibus legatis de las decretales trentinas, amenazando con una protesta formal de España si no se hacía. En el momento en que dijo eso, y él lo sabía, los embajadores de Francia habían realizado una retirada táctica a Venecia, amagando pues con una marcha más permanente. Luna, además, se quejó de los legados ante el Papa y le exigió que les ordenase una mayor sensibilidad hacia los planteamientos del rey español. Sus razones tenía, pues Pío ya había abierto un portillo a la retirada de la expresión el 4 de mayo; pero había sido Morone quien había decidido poner pies en pared.


En realidad, fue la marcha de los embajadores la que causó su efecto. Apuntaba la movida a un cisma, y los sacerdotes de Trento sabían bien que, tras dicho cisma, las naciones europeas seguirían existiendo; pero lo que podría dejar de existir sería ese montaje que llamamos Vaticano, y del que ellos vivían. Así las cosas, los prelados votaron por mayoría una proposición de Morone para dejar definitivamente el canon trigésimo quinto para más adelante.