miércoles, diciembre 06, 2017

La independencia griega (y 2)

Este relato tiene una primera toma.

En medio de aquel problema tan grave, las potencias occidentales comenzaron a buscar soluciones políticas y Francia, siempre interesada en el área, se adelantó desarrollando una que, sólo por casualidad, exploraba el tipo de posibilidad que siempre se les ocurre a los franceses cuando piensan: poner a uno de ellos al frente del machito. El elegido por los estrategas de París fue Luis de Orléans, duque de Nemours. Londres respondió inmediatamente que reaccionaría a esa propuesta desembarcando en el país y, como diría Javier Clemente, si hay que dar hostias, se dan.


La virulencia de los ingleses tenía que ver, lógicamente, con su repulsión a que Francia plantase sendas picas a ambos lados del Mediterráneo (puesto que no se olvide que París y El Cairo ya tenían relaciones muy estrechas, a los que hay que unir la tradicional influencia francesa en Siria). Pero también tenía que ver con el hecho de que empezaban a apreciar signos de apoyo a ellos mismos dentro de Grecia. Una parte de la elite helena, en efecto, cada vez era más partidaria de alguna forma de protectorado inglés sobre el país. De hecho, en Nauplia se produjo el 26 de julio de 1825 una declaración formal en tal sentido. Londres respondió con generosidad a aquel movimiento, reconociendo oficialmente a los griegos como parte beligerante; sin embargo, consciente de que los pasos hay que darlos poco a poco, rechazó la idea del protectorado, se declaró neutral en el enfrentamiento y ofreció sus oficios para mediar ante la Sublime Puerta.

En ese momento, estamos ya en diciembre de 1825, el zar Alejandro I desapareció de la faz de la Tierra, lo cual dio paso al nuevo zar, Nicolás, hombre considerado por todos como más proclive a tomar cartas en el asunto griego y balcánico. Dicho, y hecho: el 17 de marzo, el emperador ruso hizo llegar a Constantinopla un comunicado en el que exigía se desplegasen en concreto las disposiciones que se habían escrito en el tratado de Bucarest (1812), esto es el pacto en el que se habían establecido los estatus de mayor o menor autonomía de serbios y valaquios, bajo la atenta mirada activa de Rusia. Interesado en avanzar en los principados balcánicos, sin embargo, el zar no tocó el temita griego.

El 23 de marzo de 1826, el duque de Wellington, embajador extraordinario inglés enviado a felicitar a Nicolás por su acceso al trono, y Nesselrode, canciller local, firmaron un documento por el que acordaban la oferta que ambos le harían a Turquía si aceptaba la mediación de Londres. Según dicho acuerdo, Grecia seguiría siendo parte del Imperio otomano y pagaría un tributo especial; pero a cambio de eso, sus ciudadanos tendrían una libertad total, tanto religiosa como de comercio (Londres nunca da hilo sin puntada) y tendrían plena autonomía para gobernarse. Los griegos, además, adquirirían las propiedades inmuebles que tuviesen los turcos en el ámbito de su nación.

Cuando rusos e ingleses llegaron a este acuerdo, Missolonghi, el verdadero símbolo de la resistencia griega, llevaba un año completamente bloqueada por la fuerza combinada de las tropas egipcias de Ibrahim y del general turco Rechid Pachá, a quien se decía que el sultán había asegurado que si no tomaba la ciudad perdería la cabeza. Imposible de conseguir avituallamientos, la ciudad estaba perdida y sus defensores decidieron escapar a través de las líneas enemigas. Unos 1.300 combatientes lo consiguieron. En lo tocante a los enfermos y los heridos, se encerraron con toda la pólvora de que disponían en un sótano y, cuando los turcoegipcios llegaron para llevárselos, la hicieron explotar, inmolándose. Era el 22 de abril de 1826, una fecha por lo que se ve hoy olvidada pero que tiene la misma importancia (en realidad, mucha más) que el sacrificio numantino, que sí tenemos presente en nuestra memoria. Europa tembló con aquella prueba de sacrificio y, a tiempo, de miedo a la brutalidad de unos musulmanes que ya se comenzaban a ganar la enemiga de la que hoy, por así decirlo, siguen disfrutando (y que, consecuentemente, esto es algo que los buenistas deberían tener en cuenta, no ha caído del cielo).

Claro que entre los europeos no era oro todo lo que relucía. Chateaubriand tuvo por entonces una intervención vibrante en el Parlamento francés en la que recordó que las mujeres y niños cristianos que habían sido sacados de Europa para ser vendidos como esclavos en la otra orilla del Mediterráneo habían sido transportados... en barcos europeos. Sí, como suena.

Un año después de Missolongui, 5 de abril de 1827, era la histórica Atenas la que estaba asediada por Rechid Pachá y hubo de capitular. Para entonces tal vez los turcos habían aprendido algo, porque el caso es que, tras la mediación del almirante Marie Henri Daniel Gauthier, conde de Rigny, se acordó una rendición honrosa en la que los atenienses conservaron sus vidas.

En ese punto, los griegos estaban vendidos. Les quedaba apenas Nauplia y la isla de Hidra. Sin embargo, algo ocurrió que cambió las tornas.

Francia se había adherido en julio a las propuestas británicas para la gestión de la crisis griega, pero había añadido en el documento de adhesión una previsión según la cual si la Sublime Puerta no aceptaba la mediación de las tres potencias (Rusia, Inglaterra y la propia Francia), éstas quedaban automáticamente facultadas para establecer relaciones comerciales con los griegos y enviarles cónsules. El Imperio turco tenía un mes para aceptar la mediación, como lo tenía para aceptar un alto el fuego o un armisticio; si no se producía, los acuerdos preveían que las potencias harían todo lo posible por acordar a las dos partes, aunque sin entrar en hostilidades.

Turquía, sin embargo, no estaba por la labor de seguir estas instrucciones. De hecho, hizo enviar una nueva flota egipcia desde Alejandría con destino a la Morea.

El 20 de septiembre, el almirante inglés Edward Codrington, que llegaba de Corfú con la escuadra inglesa, se encontró con la flota francesa, comandada por el almirante de Rigny. Rigny, aprovechándose de las siempre estrechas relaciones entre Francia y Egipto, estaba en comunicación con Ibrahim, al que trataba de convencer de que no diese más por saco. El general egipcio, sin embargo, se escudaba en que él recibía órdenes de Constantinopla. Finalmente, Rigny logró arrancarle el compromiso de que consultaría a la metrópoli por si existieren nuevas instrucciones.

El 13 de octubre, a los barcos ingleses y franceses se unieron los rusos. El día 2 de noviembre, todos ellos entraron en la rada del puerto de Navarino, donde ya se encontraban los barcos turcos y egipcios. Nadie debe extrañarse de ello, pues las cinco naciones que juntaron sus barcos en aquel arenal no estaban, ninguna de ellas, en guerra. De hecho, los barcos de las naciones cristianas tenían, todos, instrucciones claras de sus respectivos jefes en el sentido de no implicarse en acto de guerra alguno con los musulmanes. Tan pacífico era el ambiente, que los almirantes inglés y francés colocaron sus naves capitanas al lado de las de los jefes de flota turco y egipcio, Tahir Pachá y Morarem Bey, respectivamente.

Pero ahí estaba la ley de Murphy, amigos. Un brulote egipcio se encontraba flotando muy cerca de la nave almirante inglesa. Los ingleses, un poco inquietos, enviaron un bote con el pabellón parlamentario (algo así como la bandera blanca) bien visible para poder arrastrarlo lejos. No se sabe muy bien si por alguna razón clara, por simple nerviosismo o por que el brulote estuviera ocupado por tontos del culo, pero el caso es que la delegación fue recibida con una ráfaga de plomo, una balasera que dicen en Latinoamérica, que alcanzó a prácticamente todos los ocupantes y dejó especialmente malherido al oficial al mando.

Al instante, comenzó la pelea.

A esto la historia lo llama batalla, la batalla de Navarino. Pero, la verdad, fue un caos. Imaginaros un puerto pequeño, petado de barcos que comienzan a cañonearse unos a otros, con el agravante de que amigos y enemigos no están en formación de batalla, sino anclados y mezclados. En todo caso, la superioridad cristiana, por así decirlo, hizo que las flotas turca y egipcia acabasen ambas en el fondo del mar.

Para el Imperio turco, el desastre (para ellos) de Navarino tuvo,en realidad, dos consecuencias. La primera ya la hemos visto, y es que se quedaron sin barcos. La segunda sólo es imputable a las gentes que gobernaban la Sublime Puerta, y tiene que ver con el hecho de que, en realidad, no se enteraron de las consecuencias de lo que había pasado. En el primer encuentro que tuvieron los embajadores del sultán con las tres potencias en Constantinopla, simplemente se limitaron a reclamar reparaciones por los daños sufridos en Navarino... además de exigirles que no se metiesen en el tema griego. A los musulmanes les costaba entender que todo había cambiado ahora que ellos, que hasta entonces habían sido tomados como un peso pesado con serias posibilidades de cara a la corona mundial, se habían convertido en un peso pluma que todo lo más podía aspirar a no quedarse tonto tras un KO.

El 8 de octubre de 1827, los embajadores de las potencias dejaron Constantinopla sin haber escuchado de los turcos otra cosas que: el asunto griego es cosa nuestra. El 12 de diciembre, en Londres, las potencias renovaron el compromiso de ir juntas, sin buscar ningún beneficio particular para alguna de ellas (ja). El sultán respondió publicando un documento el 20 de diciembre en términos muy violentos, tirando de lo que siempre se tira cuando uno está con el agua al cuello: unas veces es la lengua, otras veces es la cultura, otras la Historia; y otras, como es el caso, la religión. El sultán llamaba a sus súbditos musulmanes a resistir ante la odiosa tentativa de echar a Alá de Europa.

Rusia no se lo pensó mucho y, el 26 de abril, escudándose en los gravísimos insultos incluidos en el papelín del 20 de diciembre, le declaró la guerra a Turquía. Automáticamente, las tropas rusas se pusieron en movimiento; llegaron hasta el Danubio sin encontrar gran resistencia; hay que decir que a Londres no le gustó nada todo eso, pero Francia medió entre ambas potencias para que no se peleasen.

La guerra ruso-turca será, tal vez, motivo de otro artículo algún día. Pero baste decir aquí que, sin duda, fue el hecho de abrió la lata del problema griego; aunque, en realidad, los que arreglaron, por así decirlo, el problema, fueron franceses e ingleses, que tuvieron la habilidad de permanecer aliados a Rusia sin por ello romper sus relaciones con la Sublime Puerta.

A comienzos de 1828, el conde Juan Capodistrias, que había sido ya elegido presidente de Grecia por una asamblea, llegó a Nauplia en un barco inglés escoltado por naves rusas y francesas, y fue saludado por los cañones de los barcos situados en el puerto, lo cual le reconocía su naturaleza como jefe de Estado. Sin embargo, la Morea seguía ocupada por los egipcios.

Se acordó que las tres potencias patrocinarían una intervención militar para forzar a los egipcios a abandonar el terreno. La operación concreta se le encargó a Francia, país que situó en la zona 15.000 efectivos, bajo el mando del general Nicolás José Maison, primer marqués de Maison. Los franceses ocuparon la Morea prácticamente sin problema; la verdad es que para entonces los egipcios ya veían la partida griega perdida, y estaban mirando en otras direcciones.

La independencia de Grecia era ya un hecho consumado. Sin embargo, permanecía un problema grave, que era definir las fronteras del nuevo país.

El interés de Francia era dotar al país con un terreno suficiente como para permitir que pudiera vivir por sí mismo, por lo que proponía que su frontera septentrional, en el continente, abarcase desde el golfo de Volo hasta el de Arta. Los ingleses, que consideraban que Grecia era un candidato ideal a caer en la zona de influencia rusa, preferían un país más pequeño, integrado únicamente por la Morea y Ática. Los griegos, lógicamente, eran de la opinión expansionista, y reclamaban Creta y Samos.

El 22 de marzo de 1829, las potencias firmaron un protocolo que aceptaba la solución propuesta por Francia, incluyendo la isla de Negroponte y las Cícladas, y admitía la transmisión hereditaria de la condición de jefe del Estado. El 18 de junio, los embajadores francés e inglés entraron de nuevo en Constantinopla, donde se encontraron a unos negociadores turcos que, a pesar de todo lo que estaba pasando, seguían considerando que podían mantener el tema griego como un asunto interno.

El que cambió esta situación fue el barón Dibitsch, general de las tropas rusas, que consiguió entrar en los Balcanes mientras que la flota rusa desembarcaba en Tracia. El 19 de agosto los rusos tomaron Andrinópolis y, poco después, las vanguardias rusas llegaban a los mares de Mármara y Egeo. Mientras tanto, el general Paskevitch, que operaba en Asia, se acercaba ya a Trebisonda.

Sólo en este punto, los turcos se dieron verdadera cuenta de la magnitud del problema, y decidieron pactar con los embajadores. En ese momento, Francia tuvo la inteligencia de tener situado en Constantinopla a un militar muy dotado para la diplomacia, el general Armand Charles Guilleminot, quien se había ganado a los turcos; Guilleminot consiguió la adhesión formal turca a las propuestas de las potencias.

De esta manera, la paz con los rusos se firmó el 14 de septiembre en Andrinópolis, En dicha paz, la Sublime Puerta formalizaba su adhesión a los tratados concluidos en Londres entre las potencias.

Así las cosas, la conferencia de Londres recomenzó sus sesiones el 3 de febrero de 1830. Su primer protocolo se ocupó de regular básicamente el nuevo Estado griego. Sin embargo, la frontera dibujada por los franceses fue movida hacia el sur a causa de las presiones de los turcos. A cambio, Constantinopla aceptó renunciar a cualquier tipo de vasallaje, de forma que los griegos adquirían su independencia total (algo que los serbios tendrían que esperar para conseguir, por ejemplo). El nuevo rey sería escogido por acuerdo de las tres potencias y la Sublime Puerta, de entre las familias reales europeas, excluidas las reinantes en las grandes potencias.

La isla de Negroponte o Eubea y las Cícladas se incluyeron en el nuevo Estado, pero no así Creta, y ello a pesar de que pocos lugares se habían sacrificado tanto como ella. Londres, sin embargo, prefirió que quedase bajo la dominación turca; para entonces, ya estaba albergando el proyecto de quedársela.

La isla de Samos, también muy importante en la insurrección, obtuvo una completa autonomía política bajo el gobierno de un mutessarif o prefecto, que debía ser cristiano pero era nombrado por la Sublime Puerta, asistido por un consejo de notables locales. La isla quedaba totalmente desmilitarizada.

El 24 de abril de 1830, Constantinopla se adhirió formalmente a todas estas decisiones; todavía, sin embargo, fueron necesarias muchas negociaciones para acabar de armar la constitución de Grecia. De hecho, el proceso no se perfeccionó hasta 1832, año en el que la Sublime Puerta mostró su acuerdo (26 de diciembre) para la nominación del príncipe Otón, segundo hijo del rey de Baviera, como rey de Grecia, a causa de la renuncia del príncipe Leopoldo de Sajonia-Coburgo, que era el que habían preferido las potencias europeas.

Y así encontró su final el proceso insurreccional griego. Un proceso muy importante por varias razones.

La primera porque, recién inaugurado el sistema que conocemos como de Santa Alianza, se lo cargó. La reacción tras la Revolución Francesa y el Imperio napoleónico creía haber construido, en realidad reconstruido, una Europa que creía en la monarquía derivada de Dios, inapelable u, por así decirlo, inderribable; y eso, por extraño que parezca, también incluía a la monarquía musulmana. Las potencias europeas, sin embargo, pronto se vieron implicadas en un proceso de escisión de un territorio como Grecia. Lo hicieron por intereses, claro; por la pela y el poder geopolítico. Pero lo realmente importante es que, haciéndolo, desmintieron el status quo que prácticamente acababan de crear.

La segunda, porque la revolución griega es el primer momento en la Historia en el que aparece de forma neta la opinión pública. Franceses y, sobre todo, ingleses, hicieron muchas cosas que tal vez no habrían querido hacer como las hicieron, porque no podían soportar la presión en sus parlamentos y en los cafés donde el personal devoraba la prensa. La sociedad europea nació en buena parte durante aquellos años a esa afición hoy tan practicada consistente en no ayudar al vecino porque es un gilipollas que se merece lo que le pasa y, en cambio, bramar por lo mal que lo están pasando personas en las antípodas del planeta.

La tercera, y en modo alguno menos importante, porque al levantar la bota turca de Grecia y, por extensión, de los Balcanes, lo que descubrió debajo Europa fue unos territorios de extrema importancia estratégica tanto comercial como bélica. Con la independencia griega lo que comenzó fue una pelea intensa y brutal por establecer dominio geopolítico sobre el país. Una pelea en la que el mejor situado, de salida, parecía sin duda ser Rusia. Rusia, sin embargo, cometería varios errores en las siguientes décadas, errores que dejarían espacio para el de siempre.


Así está el tema.