lunes, enero 01, 2018

Yalta (3: Roosevelt y su optimismo antropológico)

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Una vez que hemos hablado de Stalin y de las prioridades de la delegación soviética, hemos de hablar de los estadounidenses nucleados por Franklin Delano Roosevelt. Como ya hemos dicho, Stalin se guardó mucho de reservarle al presidente de los Estados Unidos un papel cuando menos formalmente prevalente en la conferencia de Yalta. Y esto es así, en buena parte, porque, si bien con los años el dato que ha terminado por imponerse sobre la segunda guerra mundial fue el enorme sacrificio realizado por la URSS en forma de tropas y pérdidas civiles, en el momento en el que se celebraba la conferencia, la verdad, el dato fundamental que estaba sobre la mesa era el de la impresionante ayuda norteamericana que había recibido la URSS. Más de 2.000 barcos habían transportado 16.000 millones de toneladas de material; y eso que estamos hablando de los que llegaron, aun habría que sumar todos aquellos envíos que “se encontraron con” los submarinos alemanes. Estados Unidos colocó en la URSS 550.000 camiones, 10.000 vehículos de combate, 30.000 motocicletas, 3.000 armones para el transporte de artillería, 2.000 naves a vapor, 2.000 vagones planos, 1.000 vagones cerrados, 120 vagones cisterna; 2,6 millones de toneladas de gasolina; 4,5 millones de toneladas de carne en conserva, azúcar, sal, margarina; sin contar los millones de dólares donados en mobiliario en general y, muy particularmente, mobiliario para los hospitales de campaña. En un determinado momento, se llegó al punto de que una fábrica entera de neumáticos, que tenía la friolera de 20.000 trabajadores, fue desmontada en EEUU y montada en la URSS. Como digo, si Stalin iría ganando con el tiempo el prestigio de haber puesto los muertos para ganar a Hitler, en ese momento el argumento fundamental era que EEUU había puesto el esfuerzo bélico y civil.


Yalta, pues, debía ser el encuentro para la apoteosis de este presidente que es, además, la apoteosis de la presidencia estadounidense, pues nadie ha estado tanto tiempo como él en la Casa Blanca. Sin embargo, Estados Unidos se había pasado de frenada, y ahora lo pagaba. El sistema presidencial estadounidense, que hace que el commander in chief se apoye en un entorno más que en un partido, dificulta enormemente las sucesiones, pues cuando un presidente se retira, comienza una pelea desde cero entre sus compañeros ideológicos para ver quién lo sucede. La personalidad de FDR y las características de los retos a los que había tenido que enfrentarse, la Gran Depresión primero y la guerra mundial después, había hecho que los estadounidenses hubiesen decidido no cambiar de caballo cuando habría sido lo racional. Como resultado, el líder que habían desplazado ahora a Yalta era un viejo chocho que, en realidad, estaba ya casi pidiendo pista. Churchill se quedó bastante pijarriba cuando lo vio en Malta; y el teniente Houghton, que lo vio llegar al palacio de Livadia, se quedó también muy sorprendido ante lo que le pareció un cadáver en silla de ruedas.

Roosevelt estaba gravemente enfermo desde la navidad de 1943. Aquel invierno tuvo una gripe que se le complicó en bronquitis y problemas abdominales. El viaje a Teherán había sido toda una prueba para él y, después, llegó la campaña electoral contra Dewey, un contrincante en modo alguno despreciable, que de nuevo le había obligado a realizar grandes esfuerzos.

El presidente, todo hay que decirlo, nunca había sido un trabajador infatigable. Pero la enfermedad lo había convertido en una persona todavía menos atenta. Cada vez era más renuente a leerse los dosieres, a abrirlos incluso, y tendía a trabajar como un caballero Jedi, esto es, fiándolo todo a la Fuerza, a la intuición. Sin duda Roosevelt era hombre de intuición muy feliz, pero en la situación que se estaba juzgando en Yalta resultaba fundamental tener, también, datos.

Franklin Delano Roosevelt, resulta curioso decirlo ahora que el tiempo ha construido, en gran parte con razón, su mito, no era una persona demasiado brillante. Había sido un estudiante mediocre, un universitario del montón y un abogado sin grandes clientelas. Su familia era poderosamente rica, por lo que nunca le había faltado de nada; Roosevelt representa mejor que nadie esa izquierda ilustrada que lo apoyó, esos demócratas que hablaban de solidaridad con el obrero en las cenas con el ventanal bien abierto a sus playas privadas. A Spencer Tracy, un católico de orígenes bastante humildes, le gustaba burlarse de su amante de toda la vida, Katharine Hepburn, porque pertenecía a una de estas familias, socialistas acostumbrados a hacerse 36 hoyos de golf cualquier día de diario mientras los demás están currando. Esto influía en la cosmovisión de este presidente que necesitaba demasiado a menudo de sus asesores para adquirir una imagen adecuada de las consecuencias que tendrían para la gente las medidas que imaginaba. Porque él, lo que viene siendo conocer gente, no conocía demasiada.

El FDR que llegó a Yalta tenía dos ideas fundamentales en la cabeza: terminar la guerra lo antes posible y organizar una paz que fuese duradera también durante el mayor tiempo posible. Sentimientos ambos que son lógicos y desde luego comprensibles; pero lo que los críticos del presidente estadounidense han destacado no pocas veces es que, a cambio de estas dos premisas, el inquilino de la avenida de Pensilvania no se paraba demasiado a analizar lo que le estaban ofreciendo o imponiendo a cambio.

Antes de llegar a Yalta, el Alto Estado Mayor estadounidense le había informado de que el cercano ataque de Iwo Jima costaría unas 20.000 vidas de soldados estadounidenses, y que no se podía pensar en entrar en Tokio sin entregar medio millón más como poco. Por ello, Roosevelt había llegado a Crimea con la intención clara de arrancarle a Stalin la declaración de guerra a Japón; dicho de otra forma, buscaba la manera de que ese medio millón de muertos estuviese, como el Gordo, muy repartido.

Además, hay otro factor importante que hay que tener en cuenta, y es que en las primeras semanas de 1945, yo creo que a causa de las enormes deficiencias que presentaba la inteligencia estadounidense en el bando alemán, los estadounidenses tenían un gran respeto por las noticias, que en realidad eran rumores, que hablaban del desarrollo por parte de los científicos alemanes de armas de destrucción masiva. Lógicamente, FDR tenía que estar muy influido por los avances que ya sabía estaba desarrollando el llamado Proyecto Manhattan, así como el grupo que, presidido por George W. Merck, estaba desarrollando armas de guerra química y bacteriológica.

Henry Stimon, secretario de Defensa, había informado a su presidente justo antes de salir para Malta de que la primera bomba atómica estadounidense podría experimentar su primera prueba no más tarde del mes de abril. Pero en ese momento EEUU no podía estar totalmente seguro de estar liderando aquella carrera.

Otro factor importante era la desconfianza respecto de Stalin. Un tema que muchos historiadores y cultiparlantes de izquierdas le han reprochado a menudo, pero que la verdad es que tenía toda la lógica del mundo. En la mente de todos estaba el pacto nazisoviético de 1939; y no había nada, absolutamente nada, en el tablero geopolítico de 1945 que indicase una situación diferente. Los servicios de inteligencia, esta vez sí, habían logrado interceptar y conocer una serie de discretos encuentros que se habían producido en Estocolmo entre enviados alemanes y soviéticos, por lo que la tesis no podía darse por falsa.

Siendo la mayor ambición de FDR la de ser recordado como el arquitecto de la paz, sin embargo, su principal objetivo era la creación de una organización de naciones unidas que, mediante la garantía del papel activo en la misma tanto de los EEUU como de la URSS, superase las taras y limitaciones que había mostrado la Sociedad de Naciones. Éste era, sin lugar a dudas, el principal objetivo del presidente estadounidense; un objetivo ante el cual estaba dispuesto a sacrificar muchas cosas, hecho éste que se notó claramente durante las sesiones de Yalta.

El problema, además, es que ni el presidente estadounidense ni sus asesores, algunos de ellos verdaderamente brillantes, tenían demasiado desarrollada esa idea. El principio general era que en esa futura ONU se produciría el gobierno del Derecho y de la Ley; pero, en realidad, sus ideas no pasaban de ese planteamiento genérico, hoy diríamos que populista: grandes principios fáciles de entender que nadie aterriza en el suelo no sea que se vayan a manchar de barro. Eso, por no mencionar las contradicciones que ya portaba ese diseño, a pesar de ser muy general. Roosevelt, que en esto no pasa en mi opinión de ser una reedición de Wilson, , consideraba que el mundo tras la segunda guerra mundial debería ser un mundo gobernado, por así decirlo, por la democracia. Pero al mismo tiempo aceptaba el principio (finalmente sancionado en la ONU, como sabemos) de que unos, en ese momento tres, iban a estar siempre por encima de los demás; y, por otra parte, le concedía uno de los que en ese momento eran sólo tres puestos de titanes a una dictadura atroz, sin explicar ni explicarse cómo haría para que el camarada primer secretario general aceptase sus postulados de democracia, libertades civiles y tal (que, como sabemos, finalmente no aceptó).

Como consecuencia, en realidad la conferencia de Yalta comenzó sin que la idea de las naciones unidas estuviese definida. El 1 de enero de 1942, los aliados habían publicado una declaración en su favor y el 30 de octubre de 1943 se había celebrado en Moscú una reunión de ministros de Exteriores en la que habían estado Cordel Hull, Anthony Eden y Vyacheslav Molotov, que había elaborado una declaración en pro de una organización que respetase “la soberanía de todos los Estados pacíficos”. Y punto pelota.

En diciembre de 1943, en Teherán. Las cosas ya habían cambiado algo, pues Stalin exigió ya el estatus especial de los Tres Grandes (además de que las 16 repúblicas de la URSS tuviesen cada una un voto). En 1944, en Dumbarton Oaks, la cosa no había avanzado.

Así estaba el tema cuando se convocó la conferencia de Yalta. Roosevelt, pues, estaba en riesgo de arriesgarlo todo para conseguir un sueño vacío.

Continuando con el análisis de la situación mental, por así decirlo, de los estadounidenses cuando llegaron a Yalta, hay que recordar otro elemento fundamental: la inmensa mayoría de los estadounidenses situados en la cúpula del poder en ese momento no entendía ni conocía a Stalin como lo entendemos y conocemos ahora (algunos; porque siempre hay quien prefiere persistir en el error). El propio Roosevelt, a la vuelta de Teherán, le había dicho a su secretario de Trabajo, Frances Perkins: “me gusta, y yo creo que le gusto a él”; que como juicio de Stalin demuestra una ceguera sólo comparable con el gesto de intentar venderle un esmóquin blanco a Darth Vader.

FDR, sin embargo, no estaba solo. Ni de coña. El general Henry Arnold, jefe de la fuerza aérea estadounidense, llegó a decir: “yo creo que las ideologías de Roosevelt y Stalin son muy parecidas; cometeríamos un error si considerásemos a Stalin un comunista”. El famoso general Marshall dijo lo mismo: “Stalin no es un comunista; es un realista”. Europa y EEUU enteros, en esos momentos, adolecían de una estalinofilia que demuestra bien a las claras que cuando alguien quiere creer algo, lo cree. El propio Edouard Benes, ex presidente de Checoslovaquia, dijo en una conferencia en Nueva York: “si Stalin te da su palabra, puedes confiar en que la cumplirá” (aunque no es del todo desenfocada la frase: cierto es que si Stalin te prometía que ibas a ir a Siberia, en Siberia acababas). El mundo entero, mesmerizado por el enorme (y necesario) sacrificio soviético en la guerra con Hitler, vivía empeñado en que el rey no estaba desnudo.

Una persona trató, no mucho antes de Yalta, de poner a Roosevelt en guardia frente a estos pensamientos: William Christian Bullit Jr., embajador estadounidense en la URSS de 1933 a 1936, justo cuando Stalin comenzó su afición purgatoria. En una conversación con el presidente, Bullit desplegó con paciencia una batería de datos e informaciones sobre el régimen soviético; exposición que fue frenada por FDR de la siguiente forma (las cursivas, obviamente, son mías): “Bill, yo no discuto tus datos: son exactos. Yo no discuto la lógica de tu razonamiento. Pero es que yo tengo la premonición de que Stalin no es ese tipo de persona. Harry [Hopkins] dice que no lo es y que no quiere otra cosa que la seguridad de su país. Y yo pienso que si le doy todo lo que me sea posible darle, y no le pido nada a cambio, pues, entonces, nobleza obliga [lo dijo literal y en francés: noblesse obligue], él renunciará a realizar anexiones y aceptará trabajar conmigo para construir un universo [sic] de democracia y de paz”.

Así estaba el tema: el máximo mandatario de los Estados Unidos pensaba, en 1945, que Iosif Stalin era una persona que estaba deseando construir “un universo de democracia y de paz” con los Estados Unidos de Norteamérica. Y eso lo hacía sin cuestionar los datos sobre sus crímenes masivos y sus acciones en la geopolítica internacional; datos que daba por ciertos.

Roosevelt, de hecho, llegó a decir que se entendía mejor con Stalin que con Churchill; afirmación ésta que, la verdad, tiene bastante más lógica de lo que parece. En primer lugar, porque FDR admiraba al georgiano; durante la guerra no había parado hasta conseguir conocerlo y tratarlo cara a cara. Churchill, por lo demás, no era un hombre fácil y, sobre todo, no era persona que se bajara fácilmente de sus burras. Y luego estaba el tema de que EEUU y Reino Unido tenían diversos problemas casi bilaterales que quedaban pendientes de resolver (razón por la cual Churchill había querido zanjarlos en Malta).

El principal problema entre Londres y Washington eran los sistemas coloniales. Roosevelt, que no parecía tener problema alguno en que la URSS estableciese una dominación total sobre sus países satélite, sin embargo, sentía simpatía por los movimientos de descolonización en lugares como la India, Marruecos o Indonesia; ciertamente, ha sido durante casi un siglo que los movimientos descolonizadores no han apreciado similitudes significativas entre, digamos, Angola y Moldavia; aunque, como decimos los gallegos, haberlas, hainas. En todo caso, consideraba Washington que el viejo colonialismo había muerto pero, sin embargo, Churchill era totalmente contrario a esa idea.

La segunda gran diferencia entre ambos aliados residía en la forma de concebir la organización mundial tras la guerra. El principio fundamental defendido por los americanos era la obsolescencia del principio de zonas de influencia (aunque nunca explicaron cómo le iban a hacer entender eso a Stalin). En la mente de Roosevelt (y de Espinete, de Lupita, Lulila, Lublú, Lucho et alia), el mundo iba a pasar a ser cosa de todos, todos intervendrían en todo y tal. A Churchill todo eso le parecían mamonadas. Churchill, bastante más realista, tenía claro, en realidad desde el principio de la guerra, que el resultado de la misma sería un mundo bipolar, basado en dos grandes potencias cada una con su zona de influencia; y consideraba que lo que había que hacer era ensanchar la zona occidental todo lo posible. Unas tentativas que los estadounidenses saludaron afirmando que, más que antihitlerianas, eran imperialistas churchilianas.

El tercer gran punto de fricción era Italia. El gobierno de Ivanoe Bonomi había dimitido en noviembre. Londres había hecho saber que se opondría frontalmente a que el conde Carlo Sforza fuese nombrado primer ministro o titular de Exteriores, por considerarlo en exceso proamericano. La declaración había levantado un gran revuelo en EEUU y había provocado la respuesta del secretario de Estado, Edward Stettinius Jr., en el sentido de que los italianos podían elegir y nombrar a quien quisieran (ja). En realidad, la postura británica era notablemente cínica, teniendo en cuenta que Churchill estaba en ese momento ayudando descaradamente al gobierno griego contra la guerrilla de la ELAS; es decir, que el premier británico no hacía sino negarle a Washington un pan y una sal de los que él mismo se ponía ciego.

Personaje fundamental dentro del entourage de la delegación estadounidense es, sin duda, Harry Hopkins. Un hombre que no portaba más cargo que el de enviado especial del presidente en algunas visitas exteriores pero que, sin embargo, era tan importante dentro del esquema del gobierno de Roosevelt que hasta vivía en la Casa Blanca (dormía, de hecho, en la habitación que fue el despacho de Lincoln). Su predicamento frente al presidente era tan elevado que incluso había llegado a firmar telegramas a jefes de Estado en nombre de Roosevelt sin consultarle. Lo cierto, por otra parte, es que el propio Hopkins no estaba mucho más lejos de la muerte que su jefe: en Yalta, un cáncer de estómago lo estaba devorando.

De hecho, resulta curioso comprobar cómo, en la hora más importante para el mundo en mucho tiempo, la delegación estadounidense estaba formada de enfermos. No sólo Roosevelt y Hopkins lo eran; Stettinius también estaba gravemente enfermo (murió, de hecho, cuatro años después). Y otro consejero de Roosevelt, llamado Patson, tenía el corazón tan jodido que falleció nada más terminar Yalta, a bordo del Quincey, el barco que lo sacaba de Crimea.