lunes, febrero 26, 2018

Isabel (16: ... y estos tipos nos dan lecciones de civilización)

Atenta la compañía con:

Esos tocapelotas llamados presbiterianos
Thomas Cartwright

Con el affaire Cartwright, la reina Isabel inauguró además otro gesto muy propio de los políticos modernos, como ella misma lo era en parte dado que era ya una reina renacentista: desentenderse de los asuntos que ella misma había iniciado y que, por una razón y otra, se enquistaban. El caso Cartwright amenazaba con minar el prestigio de Inglaterra en el mundo protestante, y para conservar eso la solución usada por Isabel fue hacer como si ella nunca hubiera tenido nada que ver con aquella ofensiva judicial y desentenderse de ella totalmente. De hecho, cuando Knollys se presentó en la Corte y le pidió una audiencia privada para discutir el tema, la reina le cerró la puerta en las narices.

Por debajo de la mesa Burghley, ahora que podía actuar porque la reina hacía como que nunca había sabido nada del tema, comenzó a trazar el camino de una libertad bajo fianza de los encausados. Sin embargo, poco pudieron celebrar los puritanos y menos aun pudo soñar la mano derecha de la reina con un Estado que trataría de aprender a convivir con los hijos de su propia revolución religiosa. Pocos días después de la liberación de Cartwright el juez supremo Wray falleció, lo que le dio a la reina la oportunidad de promover a ese puesto a su fiel John Popham, y de nombrar a sir Thomas Egerton, otro furibundo antipuritano, en el puesto anterior de Popham de fiscal de la Corona; la reina, pues, se aseguró una decidida actuación de la Justicia contra los puritanos. En 1593, además, Whitgift llevó al Parlamento, y consiguió la aprobación, para una ley rabiosamente antipuritana. El texto legal establecía que todos aquellos protestantes que boicoteasen servicios en sus parroquias alegando razones de conciencia, acudiesen a reuniones no autorizadas o cuestionasen la autoridad de la reina serían primero encarcelados y después expulsados del país. Cartwright tuvo que huir del foco de las cosas, a Guernsey, donde Burghley lo protegió.

Casi al mismo tiempo, comenzaron las inevitables acciones, llevadas a cabo por el lunático rocapollas de turno, que habrían de dar cobertura a las acciones represivas del gobierno. Un tal William Hacket, puritano de pura cepa, acabó un día proclamándose como Jesucristo y, algunos días más tarde, el rey de Europa. Se buscó dos cómplices con los que declaró que iba a liberar a Cartwright (por aquel entonces todavía preso), matar a Whitgift y a la reina. Fue ejecutado muy cerca de San Pablo (no sin antes soltar por la boca un racimo de improperios a la reina con palabras muy gruesas), y marcó el comienzo del camino de la represión.

Por supuesto, en esta cruzada contra la disidencia religiosa, Isabel tampoco se olvidó de los católicos, labor ésta en la que empleó a un hombre que los odiaba especialmente: Richard Topcliffe, un tipo probablemente bipolar y sicópata que fue repetidas veces acusado de saquear las casas de las personas a las que arrestaba, y de torturarlas sin tener autorización para ello. Oriundo de Nottinghamshire, se había quedado huérfano a los doce años, momento en el que fue adoptado por un tío suyo que lo formó como abogado. En 1557, se casó con con Jane Willoughby, hija de un noble de Wollaton, una de cuyas sobrinas había sido sirvienta de la reina.

Topcliffe fue empleado por Leicester para informar a la reina durante la rebelión de las tierras del norte, y también trabajó amistad con el conde de Shrewsbury, que entonces era el guardián de María, reina de los escoceses. Algo más establecido, pues, comenzó una carrera como cazador de católicos y, muy particularmente, jesuitas. Se rodeó de una patota de adjuntos que reclutaba en las cárceles y obtuvo autorización de la Corona para poder torturar interminablemente a sus sospechosos en su propia casa, situada muy cerca de la iglesia de Santa Margarita en Westminster. En 1583, cuando se produjo la conspiración de Thorckmorton, la reina lo envió al norte con una lista de sospechosos para que se los llevase por delante. Hoy por hoy, la historiografía está básicamente de acuerdo en que la mayoría de las víctimas de Topcliffe eran inocentes.

En 1591, un joven jesuita residente en Douai (aunque pronto se trasladó a Londres), que entonces formaba parte de las Provincias Unidas, escribió un panfleto contra el ataque a los católicos en Inglaterra (An humble supplication to Her Majesty). Con este papel, Robert Southwell recordaba que, a pesar de que Isabel se había portado con los católicos como la rana, en realidad no eran ellos, sino los protestantes (calvinistas) los que la ponían en solfa. Esta tesis era un torpedo en la línea de flotación de Burghley, el gran componedor con los puritanos en el gobierno de Inglaterra.

Así las cosas, Topcliffe adoptó como principal labor la de apresar a ese tipo y torturarlo comme il faut. Pero Southwell estaba bien refugiado en una casa en Spitalfields, entonces un suburbio de Londres un poquito más allá de Bishopgate. La casa era propiedad de Anne Howard, condesa de Arundel y católica convertida.

En aquella Inglaterra en la que los nobles todavía tenían un poder casi omnímodo dentro de sus posesiones, Southwell era un Julian Assange renacentista: mientras no saliera de casa, no podría ser molestado. Pero también tenía su punto orgulloso, o tal vez temerario, porque el caso es que salió. El 24 de junio e 1592, fiesta de San Juan Bautista, a las diez de la mañana, tuvo un encuentro con un caballero católico, Thomas Bellamy, en Fleet Street. De allí se fueron a la casa del padre de Bellamy, llamada Uxenden Hall, cerca de Harrow, en Middlessex. Allí celebró una misa y se quedó a dormir.

Poco después de medianoche, Topcliffe y su grupo de filósofos lectores de la Biblia apareció por la casa y prácticamente derribó la puerta. Había, claro, recibido un soplo; la sopladora había sido nada menos que Anne Bellamy, la hermana de Thomas, que entonces tenía 29 años. Seis meses antes, la propia Anne había sido denunciada por católica y encarcelada en Gatehouse. Allí, Topcliffe se la había pulido repetidamente, hasta el punto de dejarla preñada. Después de haber cometido la agresión, el policía anticatólico se ofreció a resolverle la movida casándola con uno de sus adjuntos, Nicholas Jones. Por supuesto, también le prometió (y, por supuesto, lo incumpliría) que si se convertía en su informante, nunca le tocaría un pelo a su familia.

Con Southwell encadenado a una pared, Topcliffe le escribió una carta directa a Isabel que deja pocas dudas sobre la colaboración y el conocimiento directo por parte de la reina de la serie de atrocidades que estaban siendo cometidas en Inglaterra por razones religiosas. Topcliffe demandaba autorización para comenzar lo antes posible la tortura del jesuita, para así evitar que sus cómplices pudieran huir.

Isabel, que como buena reina responsable sólo ante Dios no gustaba de dejar rastro que pudieran hacerla responsable ante los hombres, no dejó rastro de su respuesta, que fue meramente verbal en una audiencia privada. Pero los hechos son que, tras dicha audiencia, Topcliffe comenzó las torturas, de donde cabe estimar que la respuesta de la reina debió de ser muy clara. De hecho, la ley exigía que la tortura fuese también aprobada por Burghley, pero Topcliffe comenzó sin ese trámite, lo cual demuestra que se sabía con las espaldas totalmente cubiertas.

Topcliffe torturó a Southwell, según diría el propio jesuita en su juicio, por lo menos diez veces. Southwell fue llevado a una celda especialmente asquerosa de Gatehouse, en unas condiciones tan antihigiénicas que pronto todo él fue una pústula. Ante las protestas de sus amigos ante la reina, fue trasladado a una celda oscura de la Torre, donde estuvo dos años y medio. Finalmente, el 20 de febrero de 1595 fue llevado ante los tribunales en Queen's Bench, Westminster Hall, ante el juez supremo John Popham. Fue declarado traidor bajo los términos de una ley de 1585 que declaraba de tal condición a todos los jesuitas y seminaristas. El jurado no tardó ni un cuarto de hora en deliberar.

Fue colgado en Tyburn, la campa de las afueras de Londres reservada para los criminales comunes. Pero de nuevo, como ya ocurrió años antes en el caso de William Parry, la reina dio instrucciones al verdugo para que la cuerda de la horca fuese cortada antes de que el reo se ahogase, para que el verdugo, con el condenado plenamente consciente, le abriese las costillas para arrancarle el corazón y los pulmones.

Y estos tipos nos dan lecciones de civilización. Hombre, nosotros quemábamos herejes; pero, primero, el quemado siempre tenía la posibilidad de evitar ese destino, cosa que no le pasaba a los disidentes del anglicanismo; y, segundo, nosotros no desventrábamos gente a lo vivo en público. 

Southwell recibió la merced de decir unas palabras antes de su ejecución y, para sorpresa de todos los presentes, las usó para rezar por la reina y sus asesores; como había hecho Tomás Moro por su padre en unas circunstancias muy parecidas. Escuchando esto, el público gritó pidiendo que, cuando menos, el reo fuese simplemente ahorcado, y el verdugo obedeció. Los ingleses demostraron ser un poquito más sensibles que su reina que, la verdad, tenía menos empatía que un sacaleches.

Con la muerte de Robert Southwell, es posible que la reina y también los más conspicuos de los miembros de su entourage violentamente protestante considerasen que habían solucionado el problema de la disidencia religiosa dentro de Inglaterra. En realidad, cuando menos yo creo que fue de otra forma; que todos aquellos sucesos, notablemente los que implicaban a la minoría protestante radical, habían iniciado movimientos de muy amplio calado que ya no tendrían capacidad de parar.

Todo tiene que ver con la incongruencia. El diseño político de la monarquía anglicana era, en sí mismo, incongruente. A veces por torpeza de la reina y de su padre, a veces porque ambos no habían tenido más remedio que transitar caminos que en el fondo les repugnaban, lo cierto es que la parejita formada por el padre y la hija, probablemente los dos mayores campeones de la monarquía absoluta que existieron en la Historia de Europa, habían abierto las vías para su disolución. Y lo habían hecho porque ni Enrique ni Isabel se preocuparon nunca demasiado por la coherencia. Príncipes maquiavélicos incluso mucho más allá de Maquiavelo, Enrique e Isabel inauguran la política moderna, ésa que es rabiosamente cortoplacista, que todo lo ve en términos de incentivos y penalizaciones como mucho a un año vista y que, por lo tanto, se ve compelida a acabar sosteniendo una cosa y la contraria con total naturalidad.

Isabel fue una monarca absoluta que respondió con una represión brutal a las ideas, ni siquiera las acciones, en defensa de una monarquía responsable de una religión (y no una religión responsable ante una monarquía, como diseñó Enrique VIII). Por sostener esas teorías, fue capaz de contratar a sicópatas a los que permitió desplegar todas sus crueldades impunemente; hasta el punto de que, personalmente, considero que si Inglaterra tiene en el haber la invención de la Carta Magna y el habeas corpus, tiene en el debe el haber inventado a Isabel de Inglaterra, que se cagó y se meó sobre tales o parecidas cosas cuando le petó. Isabel torturaba a quien decía que los reyes eran hombres responsables ante su sociedad (o sea, la asamblea eclesial); pero, al mismo tiempo, le separó la cabeza del cuerpo a una reina legítima en un acto jurídicamente más que discutible. La reina creía en su poder omnímodo pero incubó en su seno a los principales enemigos del mismo, que acabarían levantándose contra él en la otra punta del mundo y ondeando con orgullo la bandera republicana.

Tal y como yo lo veo, en la insoportable levedad de Isabel y de su padre está Cronwell, como están los muchos otros actos en la Historia de Inglaterra en los que el rey se ha visto comprometido, cuando no acorralado. Esto, también, les ha ayudado a aprender cosas y a mantenerse en el machito. Una cosa por la otra.


En fin. Es hora de volver a Francia.