lunes, marzo 05, 2018

Isabel (17: Essex en Normandía)

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Esos tocapelotas llamados presbiterianos
Thomas Cartwright
... y estos tipos nos dan lecciones de civilización

El lunes 2 de agosto de 1591, el conde de Essex desembarcaba en Dieppe, con el mando de las tropas británicas en Normandía bajo el brazo. Inmediatamente pasó revista a los flamantes 3.400 efectivos que lo esperaban, y con los que tenía la intención de convertirse en el hombre de armas de la reina. El problema para Devereaux estribaba en que para conseguir lo que él había pensado para sí mismo sabía que debería desobedecer las órdenes recibidas.
Isabel de Inglaterra era voluble, cruel y bastante mentirosa; pero de gilipollas no tenía ni un pelo de las aparatosas pelucas que se ponía. Ella conocía perfectamente el corrosivo efecto que en la mente de Essex hacía el orgullo, entre otras cosas porque venía a ser como una segunda versión de lo que ya le había ocurrido a su padrino Leicester. Por todos esos motivos, la reina había tenido buen cuidado de darle a Essex instrucciones muy precisas de lo que debía hacer (lo cual significa que también le dijo lo que no debía hacer): ese algo era, básicamente, colaborar con Enrique IV a tomar Rouen de la mano de los Guisa y sus aliados españoles. A Isabel, ya lo hemos dicho, el tema de la corona de Francia le preocupaba lo justo; ella lo que quería era garantizarse el paso de los barcos ingleses por el Canal, y por ello su objetivo era que, tomada Rouen, Enrique pudiera utilizar la ciudad como centro de mando precisamente para dar seguridad a la costa y expulsar a los españoles de allí. Por lo tanto, lejos de estar implicada como una fiel aliada en la guerra contra la Liga Católica, Inglaterra no tenía en aquella movida más papel que atacar, sacar a los españoles del valle de Blavet, y volver a casa. Period.

La reina, sin embargo, pecó de algo de lo que pecan a menudo los ingleses: la sensación de que son los únicos que piensan en el mundo, los únicos que tienen derecho a albergar altos objetivos. A Enrique IV, Rouen no es que se la soplara, pero desde luego veía ese objetivo enmarcado en un conflicto mucho más complejo cuya principal recompensa no era el control de Bretaña, sino, lógicamente, París.

Se da la circunstancia, además, de que Enrique era de esos líderes a los que les cuesta trabajar en varios frentes y prefieren, por lo tanto, tener un objetivo cada vez, al que dedican todos sus esfuerzos. Puesto que el del rey francés era París y no el Canal, para él lo importante no era tomar Rouen, sino Noyon, una población cuyo control otorgaba el de la ruta principal entre Bruselas y París; quien controlase Noyon, por lo tanto podía intensificar, o cortocircuitar, el principal flujo de recursos que los españoles podían poner en juego en los campos franceses.

Como sabemos, Essex estaba fuertemente marcado en todo lo que hacía, así pues no pudo marchar a Noyon, puesto que aquél era un objetivo que estaba fuera del perímetro de las acciones bélicas para las que la reina había permitido la implicación inglesa. Así las cosas, el conde y sus tropas levantaron campamento en Arques, muy cerquita de Dieppe. Allí, sir Henry Unton le dio otro disgusto, por si llevaba pocos: la reina pagaría la soldada de los combatientes ingleses durante dos meses; ni un día más.

Quince días después, Noyon se rindió. Tras la victoria, Enrique hizo llamar a sir Roger Williams, que era el capitán de los seiscientos jinetes británicos que habían sido encomendados para acompañarlo, y le ordenó que fuese portador de una carta para Essex en la que le invitaba a encontrarse en Compiègne. Fue una oferta de pícaro, en la que Enrique, claramente, especuló con las ganas que tenía Essex de hacerse el importante. Para acudir a la cita, estando como estaba, el inglés debería atravesar líneas enemigas, con el natural riesgo tanto para él como para las tropas que lo acompañaban; además, desplazarse hasta el lugar designado era contravenir las instrucciones de su reina. Pero Devereaux, la verdad, no se lo pensó; no solía pensar mucho las cosas, para ser exactos. Así pues, salió para allá y viajó de incógnito en pleno verano francés, y logró llegar.

En Compiègne todo fue fiesta y cachondeo, pero hubo alguna otra cosa más. Cuando Essex le sacó al rey francés el tema del sitio de Rouen que, recordemos, era la única posibilidad con que contaba el inglés de regresar a Londres con gloria, Enrique mostró poquísimo entusiasmo. El rey francés necesitaba victorias más lucrativas para poder mantener el pago de sus tropas, sobre todo de las alemanas, y había decidido avanzar hacia Champagne. Lo único que podía hacer, informó el francés, era detraer unos 12.000 soldados de sus tropas y enviarlos a Normandía al mando del mariscal Armand de Contaut-Biron, normalmente citado como el mariscal Biron, para que le echaran una mano a Essex en lo de Rouen. El rey francés prometió unirse a la partida lo antes que pudiera.

Essex, en realidad, tenía un obvio aliado: su reina. A Isabel tampoco le gustaba nada el cariz que estaban tomando los acontecimientos, y el 18 de agosto le escribió una carta a Enrique en la que directamente le reprochaba su estrategia y la consecuencia que tenía de inacción en el Canal. Argumentaba la reina de que si perdía los puertos del Canal no podría mantener el control sobre Francia y que, en general, estaba siendo desconsiderado con unos hombres extranjeros que se habían presentado en su tierra para ayudarle. Días después, sin embargo, cuando fue informada de la arriesgada operación de Essex para llegarse a Compiègne, tuvo un ataque de ira. Le jorobó lo arriesgado de la operación, como le jorobó que después su teniente general y el rey francés se hubiesen tirado varios días de juerga (aunque, como veremos más abajo, eso mismo es lo que haría ella cuando Essex se llegó a Inglaterra).

En su regreso de Compiègne, además, Essex fue víctima de una emboscada de los católicos. Afortunadamente para él, sus exploradores vieron la tostada antes de tiempo y le pudieron dar el queo, por lo que el conde pudo dar un rodeo y reagruparse con sus tropas cerca de Pavilly. Sin embargo, Pavilly estaba demasiado lejos de Rouen, lo cual quiere decir que el inglés ya no podría comenzar el sitio de Rouen hasta que llegase Biron.

En parte enrabietado, en parte a causa de esa personalidad suya que ya hemos dicho no era nada proclive a analizar las cosas y pensarlas un poco, Essex decidió atacar Pavilly. Una acción en la que lo más sobresaliente fue la muerte de su hermano Walter, alcanzado en la cabeza por una bala de mosquetón. Pero no fue la única cagada. Al día siguiente, por la tarde, a algún rocapollas no se le ocurrió otra idea mejor que preparar la cena justo al lado del polvorín inglés; se declaró un incendio y después una explosión que no dejó de Pavilly nada más que los cimientos; además, la tropa inglesa se dispersó por el campo cercano, eso, claro, los que no la palmaron en la explosión.

Ante todo aquel cúmulo de putadas, en gran parte producidas a causa de su mala cabeza, Essex cayó en una especie de depresión, de la que acabaría saliendo gracias a los buenos oficios de Unton; ello a pesar de que el pobre embajador estaba él mismo gravemente afectado por leptospirosis, ya que el agua que habían bebido las tropas inglesas en Dieppe estaba contaminada con orina animal. Upton, por cierto, incumplió sus órdenes, pues no informó a la reina del bajón de su teniente general, para no empeorar las cosas.

Con mucho trabajo y tragándose el orgullo, Essex aceptó la retirada de las tropas ingleses hacia Arques. Sin embargo, era incapaz de renunciar a la gloria, por lo que decidió avanzar hacia Gournay-en-Bray. Allí finalmente se reunió con Biron, y ambas tropas combinadas iniciaron un asedio que duró diez días. Tomando Gournay, los ingleses buscaban dificultar la llegada de tropas españolas para la defensa de Rouen.

El 26 de septiembre, por fin Essex tuvo su victoria, pues la villa capituló. Pero se podría decir que lo había hecho a mala leche si hubiera habido alguna manera de que los franceses supieran que, apenas 24 horas antes, la reina había decidido ordenar a su teniente general que regresase a casa. En efecto, Isabel había escrito una carta, y lo había hecho en un estado de cabreo tan brutal que Burghley llegó a presentarle tres borradores diferentes hasta que la convenció de que la suavizase un poco. Con toda la razón cuando menos en opinión de este relator, Isabel le reprochaba al conde que no se hubiera currado lo suficiente a Enrique para que actuase más en sintonía con los intereses de su aliado inglés y, de hecho, demostraba en su misiva estar más que mosqueada con lo muy amiguitos que se habían hecho el francés y el inglés. Y daba en el clavo la reina cuando se preguntaba retóricamente en la carta: “¿no será que mi favorito prefiere servir a un rey que a una mera reina?” Una más de las muchas pruebas que la correspondencia de Isabel nos dan de hasta qué punto era ella consciente de que muchas de las indisciplinas que cometían Essex, Leicester, Drake, Burghley, todos los que la rodeaban, eran atrevimientos que nacían del hecho de que ella, al fin y al cabo, era una débil, voluble y pobrecita mujer.

En conclusión, decía Isabel, la reina no veía razón alguna para que las tropas inglesas, o por lo menos el grueso de ellas, permaneciesen en Francia un día más. Por ello, le ordenaba a Essex volver a Inglaterra y entregar el mando a sir Thomas Leighton. En un último acto de cabreo, además, la reina le informaba a su conde de que no tenía intención de comunicarle todos aquellos extremos a Enrique; debería ser el propio Essex quien le escribiese.

La carta de Isabel se cruzó en algún punto del Canal de la Mancha con el viaje de Robert Carey, uno de los subordinados de Essex, que había sido enviado a Londres para informar personalmente a la reina de la caída de Gournay, así como de la solicitud del teniente general para una ampliación del periodo de permanencia en Francia.

Carey llegó a Oatlands de madrugada. A la hora que llegó, la reina todavía estaba sobando. Estaba empapado y tenía barro hasta en el hueco poplíteo. De esa guisa se fue a ver a Burghley, que fue quien lo puso en antecedentes sobre el mosqueo de la reina y la orden que había cursado a Essex para que regresase. El primer ministro in pectore le recomendó que se anduviese con mucho cuidado si decidía finalmente transmitirle a la reina la petición de una estancia más larga en Francia; lo cual era una forma elegante de recomendarle que no se lo dijese.

Todas éstas eran las cosas que tenía en la cabeza el pobre Carey cuando, a eso de las diez de la mañana, le dijeron que la reina deseaba verlo. El asistente fue listo, dentro de la gravedad. Primero le dijo lo de la petición de extender el periodo francés de Essex, lo que provocó que la reina tuviese un ataque de ira en el que afirmó que haría con su conde “un escarmiento que conocerá el mundo entero”; pero, acto seguido, le informó puntualmente de la victoria de Gournay, lo cual sirvió para que se tranquilizase. A nadie le amarga un dulce.

Carey, a todas luces, había decidido no seguir el consejo de Burghley. La verdad, le entiendo. Si lo hubiera hecho, evidentemente, se habría ahorrado una escena jodida con la reina. Pero, ¿qué carrera militar podría esperar para sí mismo, siendo como era un subordinado de Essex, cuando éste aprendiese que su hombre había pasado de defenderlo? En esta tesitura, Carey decidió jugar a fondo la carta de su jefe, y le afirmó a la reina que el conde consideraba que, si regresaba de Francia ahora, nunca se libraría de ser acusado de cobarde. En esas circunstancias, ésta era la gran apuesta de Devereaux, no le quedaría otra que abandonar la Corte y recluirse de por vida.

Claramente, el intento de Essex/Carey era chantajear emocionalmente a Isabel; lo cual, de nuevo, nos vuelve a señalar las diferencias entre un rey y una reina, porque yo no creo que muchos jefes militares decidiesen jugar esa carta frente a un hombre. De todas maneras, a corto plazo funcionó como la mierda. Isabel, con un rictus en la boca, hizo un gesto de la mano con el que echó a Carey de su presencia. Pero volvió a llamarlo por la tarde. En las horas que pasaron, la reina había leído la carta de Essex y había despachado con Burghley, quien le había informado de que el mariscal Biron tenía la intención de atacar Rouen en el corto plazo. Por ello, le escribió una carta a Essex en la que le daba un mes más en Francia, eso sí, siempre y cuando Enrique pagase la nómina.

El fiel Carey tomó la carta y salió echando leches en dirección sur. Su barco entró en la rada de Dieppe un poquito antes de la medianoche del 8 de octubre. Dos horas antes, a eso de las diez, un cabizbajo y meditabundo Essex había tomado en ese mismo puerto un esquife para cruzar a Inglaterra. Llevaba la primera carta de Isabel y se disponía a llegarse a Londres a recibir la mayor reprimenda de su vida. Desembarcó en Rye, Sussex. Una vez en tierra inglesa, se acojonó de tal manera ante la perspectiva de la bronca que le iba a caer, que envió a un sirviente por delante anunciando su llegada. Le sirvió de poco, pues el sirviente recibió una reprimenda de la reina y fue enviado de regreso con su jefe.

Cuando Essex llegó finalmente a Richmond Palace, Isabel lo recibió con frialdad, pero esa frialdad pronto se disolvió. Pasaron unos días bailando y comiendo chorradas, actividades ambas a las que los británicos suelen ser muy aficionados, tras los cuales el conde regresó a Francia, apoyado por su reina.

La cosa, claro, es que cuando llegó a Dieppe, lo que se encontró Essex no fue la tropa que había dejado, sino el resultado de días y días de inacción de un ejército que ya no tenía del todo claro si le iban a seguir pagando (y quién); y que, cuando menos parcialmente, seguía creyendo que sería apartado de la guerra con deshonor. Además, fruto del natural cachondeo que siempre se produce cuando el jefe se da la vuelta y de las incertidumbres financieras, las tropas carecían de absolutamente todo y, para colmo, muchos de sus efectivos eran pasto de la enfermedad. La malaria, la disentería y hasta la peste bubónica campaban por sus respetos allí. Pero por lo menos Biron estaba dirigiendo ataques selectivos en villas de los alrededores de Rouen y, sobre todo, había noticias sólidas de que Enrique, que estaba en Sedan, tenía planes para moverse hacia el oeste y apoyar el sitio de la ciudad.


Camino de la gloria, pues.