miércoles, marzo 07, 2018

Isabel (18: cuando las cosas salen como el orto)

Atenta la compañía con:

Esos tocapelotas llamados presbiterianos
Thomas Cartwright
... y estos tipos nos dan lecciones de civilización
Essex en Normandía


La mejor noticia de todas para Essex era, sin duda, la llegada de 5.000 coronas enviadas por el rey francés a la zona de conflicto, con destino a la paga de las tropas. A decir verdad, en el momento en que Devereaux regresó a Francia, el estipendio enviado por la reina para pagar a los soldados se había agotado, por lo que el conde se había visto obligado a poner 14.000 libras de su bolsillo, generosidad que le había costado endeudarse de forma potente. La pasta del francés ayudaba, pero no era ni de coña suficiente, motivo por el cual Essex envió a Williams a Richmond para que reclamase más medios de la reina. Isabel, al escuchar estas peticiones, aceptó desplazar a Francia 1.000 soldados auxiliares desde las Provincias Unidas y otros 450 desde Inglaterra, y a proveer la paga de todos ellos... durante un mes.


Todo, por lo tanto, estaba estudiado para que los ruenenses viesen llegar a los ingleses y a los soldados de Enrique, se jiñaran, y se rindieran. Pero, ay, eso no fue lo que pasó. Los franceses están muy acostumbrados a llevar la razón, y estar discutiendo con otro francés no es que los modere mucho. Rouen era una ciudad relativamente fácil de defender, con el Sena a sus espaldas, y estaba muy bien dotada de medios por sus 75.000 habitantes, que eran un huevo de gente para la época. La ciudad en sí ya estaba bien protegida, pero es que, además, la Liga Católica había construido recientemente un fuerte en el monte de Santa Catalina, bastante cerca de la villa. André Brancas, señor de Villars y general católico, disponía en ese fuerte de 6.000 combatientes, amén de artillería muy bien dotada.

El asedio de Rouen comenzó en el amanecer del 29 de octubre. Ese primer día, los soldados ingleses tomaron Mont aux Malades, al noroeste de la ciudad. Allí se hicieron fuertes, una vez que comprobaban que los bombardeos artilleros no salían todo lo bien que habían esperado.

Todo eso estaba muy bien. Pero faltaba una cosa: Enrique. El rey francés, en efecto, se obstinaba en no aparecer para ayudar y, sin sus tropas, tomar la ciudad se hacía bastante complicado. El 8 y 9 de noviembre, la propia Isabel le escribió sendas cartas al rey francés poniéndolo de puta para arriba por su falta de compromiso con el dominio del Canal. Las cartas tenían un tono casi insultante, sobre todo la segunda, que seguramente la reina se habría ahorrado si hubiera sido informada de que, en realidad, Enrique ya estaba camino de Rouen cuando las escribió. Cuando llegó, Essex y Biron celebraron con él un consejo de estado mayor en el que decidieron concentrar los esfuerzos en el fuerte de Santa Catalina.

La cosa parecía solucionada. Pero lo cierto es que, una semana después de aquel encuentro, en el que por cierto Enrique se había mostrado casi despreocupado, a Essex no le quedó otra que volver a viajar a Inglaterra para solicitar un nuevo apoyo de su reina. En Whitehall, donde se encontraron, el conde suplicó un nuevo alargamiento de su periodo francés, unido a la remisión de pasta nueva para pagar a las tropas. Atacados por la enfermedad y los escasos avances del asedio, explicó, los soldados ingleses desertaban a mares, y los que se quedaban estaban al borde del motín.

Una cosa que no supo en ese momento el gobierno inglés, ni siquiera Burghley que lo sabía todo, es que Essex no sólo se había presentado en Inglaterra sin ser llamado ni autorizado para ello, sino que además había mentido como un bellaco. Sus relatos sobre los éxitos que había conseguido en el asedio de Rouen estaban muy, pero que muy lejos de la realidad. Pero le funcionó, porque fueron esas noticias optimistas las que impulsaron a Isabel a enviar dos meses más de soldada. Incluso ordenó el envío de cuatro naves inglesas que bloqueasen el Sena, lo que demuestra que se creyó los relatos de su preferido, quien decía que había un montón de pasta en Rouen, que los ciudadanos estaban intentando ponerla a salvo en otros lugares de Francia y que, en consecuencia, cuando se tomase la ciudad todos nadarían en numerario.

El 5 de diciembre, Essex dejó Whitehall para ir a Dover, y el 14 estaba de nuevo en Normandía. Sin embargo, dejaba tras de sí a una Corte cada vez más dubitativa. Muy especialmente, Burghley estaba perdiendo su confianza en él a marchas forzadas, y esa creciente desconfianza sólo era cuestión de tiempo que se transmitiese a la propia Isabel. El 17, cuando Essex llevaba apenas tres días en Francia, Unton recibió una carta del principal asesor de la reina, en la que éste le hablaba de la creciente repugnancia que sentía ésta hacia las peticiones de más dinero que le hacía Enrique. Cuando en Londres se recibieron informes de que incluso oficiales de casta noble habían perecido en Francia a causa de las enfermedades que diezmaban el campamento inglés, la suerte de Essex estuvo echada.

Dos días antes de Navidad, la reina le escribió al conde una amarga carta en la que, en resumen, lo conminaba a regresar cuanto antes a Londres y repatriar a cuantas más personas “de valor para sus familias” (se refería a lores y sires, claro) fuera posible. Un día después, repitió la orden en tonos más ejecutivos.

Mientras la reina de Inglaterra escribía estas cartas, en Rouen Enrique, que ya había llegado, unía fuerzas con el conde de Essex en un exitoso ataque al fuerte de Santa Catalina, de donde fueron capaces de expulsar a los ocupantes católicos; aunque la cosa duró poco, porque al día siguiente los amigos de los Guisa contraatacaron y recuperaron lo perdido. Tres días después, Essex decidió ensayar un último ataque a la desesperada, en medio de la noche, usando escalas para superar las murallas del fuerte. Pero aquella campaña, la verdad, estaba tocada por la mala suerte; cuando los ingleses llegaron a las murallas de Santa Catalina y levantaron las escaleras apoyadas en la muralla, se encontraron con que eran un par de metros más cortas de lo que deberían, por lo que los asaltantes se quedaron, literalmente, como el gallo de Morón, sin plumas y cacareando. Además, en un signo más de los varios que hay de que Devereaux no era lo que se dice un genio militar, la orden que les había dado a sus soldados había sido la de vestir unas ropas blancas encima de la armadura. Pensó que así sus soldados se verían mejor unos a otros en medio de la noche, lo cual es cierto; tan cierto, claro, como que también los defensores del castillo les verían. Los franceses los cazaron, literalmente, en su huida.

El conde de Essex perdió esa noche toda ilusión de tomar Rouen; de acopiar gloria en Francia; de alcanzar el puesto de indiscutida mano derecha de la reina. De pasar a la Historia, en resumen, como el inteligente líder que estaba muy lejos de ser.

El martes, 10 de enero de 1592, el conde de Essex se llegaba por última vez al puerto de Dieppe. El sábado estaba frente a la reina en Whitehall, y bailó con ella.

Pocos días después de aquel encuentro tan cortesano, Isabel emitió una orden para repatriar desde Normandía al último de sus grandes capitanes que quedaba allí, sir John Norris. Porque Norris, efectivamente, estaba en Bretaña. Las opiniones son como los pulmones: todo el mundo tiene una y la mayoría de la gente, dos. Por eso es imposible aseverar con certeza total. Pero es cuando menos mi opinión que Norris, a pesar de la tendencia de hacer la guerra por su cuenta por lo mucho que le gustaba la pasta, era mucho mejor general que Devereaux. Es probable, por lo tanto, que el puñetero empeño del condesito por alcanzar la gloria en los campos franceses evitase que la campaña de Normandía hubiese sido conducida y coordinada por un hombre que probablemente la habría llevado a mejor término. Esto, me parece a mí, no lo pienso sólo yo; lo pensaba el propio Norris, quien a su regreso a Inglaterra no le ocultó a Burghley sus hondas críticas a la estrategia de la reina en Normandía, la obsesión por Rouen.

Por lo demás, en Francia quedaban centenares de ingleses de modesto origen (los pijos habían sido repatriados), más el pequeño ejército de Norris; y todos ellos, como los héroes anónimos de la Armada, fueron pasto fácil de la displicencia de una reina a la que si ya le costaba ser generosa con los ganadores, ya no digamos en el caso de los que habían perdido. Las tropas inglesas en Francia fueron atacadas por varias enfermedades contagiosas, muy especialmente por lo que se ha especulado fue una epidemia de gripe altamente mortal (bueno, como suele ocurrir con la gripe lo que fue realmente mortal fueron las condiciones en que esa gente tuvo que pasarla). Y allí los dejó Isabel, muriéndose de asco en Francia. El Estado inglés, por decirlo de alguna manera, le ofreció a aquellos hombres de armas la alternativa de permanecer en Francia por si algún día eran necesarios (mientras tanto, podían comer mierda); o regresar a Inglaterra a sus expensas, cosa que la inmensa mayoría no podía ni soñar con hacer, entre otras cosas porque Su Graciosa Majestad les dejó a deber las soldadas que les adeudaba.

Y estos tipos nos dan lecciones de civilización.

No fue hasta seis meses después de haber desmontado el chiringuito normando que Isabel acabó ofreciéndole a algunos soldados la oportunidad de poder volver.

Tras la retirada inglesa, el duque de Parma inició una marcha por Normandía, claramente con la intención de llegar a Rouen. Enrique se desplazó a toda prisa con su caballería para hacer frente a las tropas españolas, pero llegó muy precipitado, se colocó mal y acabó pagándolo, incluso personalmente porque recibió un tiro en la entrepierna. Los diez días que tardó el rey francés en poder volver a montar a caballo los aprovechó Parma para dirigirse hacia Rouen, emboscar el campamento de Biron y, finalmente, liberar la ciudad del asedio el 10 de abril.

El duque de Parma que a partir de entonces regateó el enfrentamiento directo con Enrique, fue herido por un tiro en Caudebec. Logró regresar a las Provincias Unidas, pero un infarto acabó con él unos meses después.

A pesar de que los holandeses aprovecharon la muerte de Parma mediante varios afortunados ataques dirigidos por el conde Mauricio, entre ellos el asedio de Geertruidenberg, a Enrique las cosas no le iban tan bien. Echaba de menos, no tanto las tropas de Essex como las de Norris, por lo que le costaba repeler el empuje de los españoles. El rey francés rogó el regreso de Norris (no el de Essex). Isabel se lo regateó al principio, pero cuando le llegaron informes de que Felipe II tenía el plan de consolidar el poder español en la región y después reclamarla para su hija, la infanta Isabel, decidió decir que sí.

El 30 de junio de 1592, Isabel aceptó, no sin reluctancia, mandar a Francia más soldados y más dinero. Hacía falta. Los españoles tomaron Épernay, lo que los acercaba a París un poquito más. El rey Enrique, asustado ante la perspectiva, realiza una inmediata misión de reconocimiento. Biron recibe la orden de no acompañarlo, pero la desobedece; será la última vez. Una bala de cañón cae sobre los franceses, dejando gran número de víctimas, entre ellas el mariscal.

De alguna manera, Enrique nunca se recuperó de la pérdida de un lugarteniente tan fiel y tan capaz como Biron. La guerra en Francia, además, entró en una fase de tuya-mía que si sirvió para algo, fue para deteriorar la poca confianza que se tenían los reyes francés e inglesa. Isabel, muy particularmente, temía la conversión al catolicismo de Enrique, que supondría su reconciliación con los católicos y, lo que es peor, le daría base para no amortizar las deudas que había contraído con Londres. Conforme la inestabilidad, además, se prolongaba, los campesinos franceses cada vez estaban más cansados de la guerra civil. Felipe II vio su oportunidad, y sugirió el matrimonio de su hija con el hijo más joven del malogrado duque de Guisa. El objetivo es que la pareja fuese finalmente elegida como reyes de Francia por los Estados Generales, rechazando con ello las creencias heréticas de Enrique.

Fue esta posibilidad la que obligó a Enrique a mover ficha en la dirección que se ha hecho famosa. El domingo 15 de julio de 1593, presidió una solemne procesión hacia la abadía de Saint Denis, donde entró en la Iglesia Católica. Dicen que dijo aquello de “París bien vale una misa”, aunque es una burda mentira inventada por sus enemigos. Enemigos que estaban que trinaban, pues el gesto supuso automáticamente que los Guisa perdiesen el apoyo de los católicos moderados, por así decirlo.

Pero, claro, el gesto suponía, automáticamente, mandar a tomar por saco a Inglaterra y a su reina. Que se habían embarcado en una guerra carísima, que ahora nadie les reembolsaría, a cambio de nada.




Nada.